La mañana había
amanecido enfadada. Una neblina con aviso de tormenta amenazaba
Barce, un pequeño pueblo de no más de 26.000 habitantes. A las
once, un chico con un deuvedé de Peter Pan para el hijo, bajo el
brazo izquierdo y un paquete de posavasos como regalo en la mano
derecha, se dirigía a la casa que había alquilado una pareja de
amigos suyos.
Cuando había girado
la esquina de amontonadas casas de más de cincuenta años y hubo
llamado al timbre, Cristian, advirtió las primeras gotas de una fina
lluvia. Su amiga Lidia, apareció con su hija de tres meses como si
fuese un pequeño Koala. Antes de entrar le pidió que llamase al
timbre. Él, extrañado pulsó y un tono grave, con un toque
siniestro sonaba como la quinta sinfonía de Beethoven debido al
simpático interés de los antiguos inquilinos por modernizar su
casa, sin éxito hay que decir. -La tenemos que cambiar, es horrible-
bromeó-
Avanzaron y para que
Lidia pudiese enseñarle su nueva casa, colocó a la pequeña en su
parque, la dejó al lado de un gusiluz, dos peluches con forma de
conejo que al agitarlos sonaban como dos maracas y un oso más grande
que pulsando la barriga decía dos frases: ¿Quieres jugar? Y,
¡Seremos amigos hasta el final ja ja ja!
La segunda frase era
inquietante pero la niña estallaba en carcajadas cada vez que la
oía.
Lidia hizo un
pequeño tour por toda la casa, que tenía dos plantas, mientras le
pedía perdón por tener todas las cajas de mudanza por todos lados,
pero realmente no habían tenido demasiado tiempo para poner todo en
orden.
En la planta de
arriba, en una de las dos habitaciones, había un escritorio con dos
routers colocados en los dos extremos. Mientras ella le contaba el
por qué estaban allí, Cristian echaba un vistazo en el resto del
cuarto. -¿y este libro? -dijo mientras cogía un extenso borrador
que parecía ser la segunda parte de la biblia-
-Pues es del hijo de
los antiguos inquilinos, que se lo dejaron todo aquí, pero lo vamos
a cambiar todo,hasta los routers, de hecho viene hoy el técnico a ponernos el Wifi nuevo.
-Mariposas
magnéticas del espacio sideral... -pensó en la ironía- menudo
título, y ¿de que va esta joya literaria?
-Pues no lo sé,
pero al chico le han publicado tres o cuatro libros.
Ante la irónica
mirada de Cristian y anticipándose a su pregunta, Lidia confesó:
-No, no me lo he leído ni lo pienso hacer, leí la sinopsis y tiene
pinta de ser una mierda.
Bajaron a la planta
baja y le ofreció un café mientras charlaban y se ponían al día.
Había pasado poco más de una hora desde que Cristian llegó a la
casa.
-La próxima semana
me voy de viaje a Londres.
-¿Y eso?
-Trabajo. Me han
ofrecido allí un contrato de tres meses de camarero en el “The
palate pleasure”.
-Anda que bien, me
alegro mucho, así podrás aprender cocina allí.
-Bueno a ver,
cocinar yo sé... -aclaró-
-Cris, hacer huevos
fritos no cuenta -rió-
Lidia le estaba
contando con gran pasión, a propósito de estar hablando de cocina,
que la noche anterior había elaborado una jugosa y deliciosa
tortilla de calabacín.
-Mmm que bueno por
favor, me muero por una de esas -dijo babeando-
-Pues en la cocina
queda un trozo, si la quieres la coges -ofreció-
-Pues -Beethoven
interrumpió- ¡joder! Que susto me ha dado -rió-
Lidia se levantó a
abrir la puerta mientras Cristian jugaba con la niña dentro del
parque. Le rascó suavemente la barbilla y la niña reía alegremente
mientras estornudaba llenando de baba la mano del chico. -Pequeña,
me has llenado de tu ADN. Voy a lavarme las manos.
El técnico instaló
el wifi y el pack con más de sesenta y cinco canales de televisión
que la pareja había contratado. Mientras el operario estaba
trabajando, Lidia estaba con él ayudando o más bien pendiente de
que no rompiese nada, y Cristian se daba un paseo por el resto del
comedor observando los adornos que la pareja había colgado en las
paredes. Cuadros con sus series favoritas, espadas y katanas colgadas
de la pared (el novio era muy fan de todos estos dibujos manga y a
juzgar por la camiseta de Lidia, ella también) y un amplio arsenal
de libros que contenía desde la saga Harry potter hasta Orgullo y
prejuicio. Al apoyarse encima de la mesa un papel arrugado cayó al
suelo, pero sonó como si unos cristales se hubiesen roto. Debió
imaginar que se trataba de una taza envuelta en papel de periódico y
otras de revistas de motos.
El operario se
marchó dejando todo ordenado y con una sonrisa propia de un trabajo
bien hecho.
Cristian se quedó a
comer con la pareja para charlar con ambos, a él hacía mas tiempo
que no le veía y también le apetecía verle. Acabaron la tarde con
unas cervezas y unas pizzas, y sobre las nueve y media, Cristian
decidió marcharse a casa para descansar.
Al día siguiente la
madre de Lidia, llegó a casa de su hija con el gesto de sorpresa
cuando llamó al timbre. -Uy por dios, que cosa más fea -sentenció-
Lidia recibió con
agrado el regalo que su madre le había comprado. Un vigilabebés.
Este era especial, podía observar a su hija a través de una pequeña
pantalla que podía colocar al lado del router, y se habría ahorrado
más de cincuenta euros, pero prefirió comprarle el Vigilabebés
plus, que era básicamente lo mismo pero podía observar a su hija a
través de la pantalla de su teléfono móvil, bajando una
aplicación, que sinceramente, era mucho más cómodo.
La vecina llamó al
timbre para pedir perdón. Las paredes eran antiguas y ella no había
sabido medir la longitud a la hora de colgar un cuadro, y atravesó
la pared con un pequeño agujero de no más de dos centímetros. -No
te preocupes mujer -tranquilizó-
-De verdad que lo
siento, mi marido prometió hacerlo antes de irse a trabajar pero no
lo hizo y yo que creía ser una manitas... -bromeó- ¡Ahí va! -dijo
con alegre sorpresa- si yo también lo tengo -informó- Lidia que no
sabía de qué hablaba, iba a preguntar que era lo que ella también
tenía, pero la vecina lo aclaró. -El vigilabebés. Tengo
exactamente el mismo, no veas el por culo que dan los niños jaja,
con esto es mucho más relajado todo. Puedes hacer tus cosas mientras
los mocosos duermen plácidamente.
Lidia no supo que
cara poner y espetó un -Guay-. La vecina se marchó pidiendo
nuevamente perdón. Al cerrar la puerta el gesto de Lidia era de
alivio, realmente tenía una vecina muy pesada.
El vigilabebés
funcionaba a la perfección. Lidia podía hacer todas las tareas del
hogar vigilando a su pequeña sin tener que estar pendiente de ella
cada dos minutos. Pasaban los días y la pareja se iba asentando en
su nuevo hogar. Realmente estaban felices e ilusionados. Había
pasado un mes desde que tenía el vigila y no había pasado nada
hasta esa mañana. Lidia hizo un descanso mientras limpiaba la cocina
y tendía la ropa de la lavadora de ropa blanca que había puesto dos
horas antes.
Se sentó mientras se encendía un cigarrillo y sacó un
vaso del congelador mientras vertía y bebía un refresco de zumo de
limón. Escupió el zumo sobre la mesa manchando el pequeño cuaderno
de sopa de letras de su novio que se distraía cazando palabras los
jueves al medio día, mientras su corazón iba a mil por segundo. Le
había parecido apreciar, al lado de la cuna de su hija un hombre
observando, pero al instante descubrió que se trataba de un perchero
de los antiguos inquilinos que no entendía porqué aún no se había
deshecho de él. Observó a la niña cinco minutos más y continuó
con sus labores. Cuando el sol acabó su turno, llegó la noche y con
ella unos gritos procedentes de la casa de al lado. La vecina
insoportable discutía vivamente con su marido y por desgracia no era
la primera vez que la escuchaban a altas horas de la noche. -Algún
defecto tenía que tener esta casa, no podía ser tan barata sin
tener algún defecto -reprochó a la nada-
Aunque los gritos
llegaban altos y claros, las conversaciones que vivían dentro del
griterío matrimonial, no, por lo que lo que se oía era como si
hubiese un concierto de heavy metal al lado pero con un cantante que
no vocaliza, era simplemente ruido.
Al día siguiente,
Mario, se fue a trabajar con el gesto cansado. Se vistió mirando a
un punto fijo de la pared, le dio un beso a Lidia y a su hija pequeña
y se marchó a trabajar. Lidia dormiría hasta las nueve y media.
A media mañana,
volvía a limpiar la casa y a observar desde la pantalla de su
teléfono, a su hija. Esta vez la aplicación iba un poco mal. Cuando
entrabas en la aplicación, aparecía la niña, pero producía leves
interferencias, en ocasiones la interferencia duraba más de tres
minutos, lo que hacía insoportable la visión de la niña. Apunto de
apagar la aplicación e ir a la planta de arriba para ver como se
encontraba su hija, observó que la habitación que aparecía en el
teléfono no era la de su hija. No sabía que habitación era ni por
qué le aparecía a ella pero observó un niño pequeño, de unos dos
años, tres como mucho, atado a una cama. Su cara se desencajó y
apagó la aplicación pensando que sería alguna broma de cámara
oculta o algo parecido. Prosiguió con la plancha, que a juzgar por
el montón encima de la silla, aún tenía por delante unos cuarenta
y siete minutos.
Al caer la noche,
los gritos volvieron al hogar de al lado, parecía que el matrimonio
esperase aq la noche para soltar sapos y culebras por la boca. Mario
harto de tantas noches sin pegar ojo, bajó y llamó al timbre de sus
vecinos. Sonrió pensando que el timbre sonaba como un timbre normal,
pero borró la sonrisa cuando un malhumorado hombre de unos treinta y
ocho años y con la vena del cuello hinchada le preguntó de una
forma desagradable que que coño quería a estas horas.
-Mario, con toda la
educación del mundo les pidió que no levantasen tanto la voz, que
la pequeña no podía descansar, y ellos tampoco. Un portazo en las
narices aclaró a Mario que era su respuesta.
Volvió a casa,
subió arriba y le dio un beso a Lidia mientras le decía que lo
había intentado pero que no había manera. Apagaron la luz y se
intentaron (sin éxito, los gritos no cesaban) dormir o por lo menos
descansar un poco.
La tarde del 25, fue
un tanto rara. La madre de Lidia apareció y pasó con ella una
agradable charla sobre lo que le había gustado su viaje a Italia,
regalo que le había hecho su hija. Tomaban dos tazas de café
caliente mientras un puñado de pastas que llevaban mucho tiempo
queriendo salir a la luz descansaban sobre la mesa acompañadas de
unas galletas de chocolate y trozos de turrón típicos de la
navidad. -No puedes hac -la voz se perdió en el grito-. Era la
primera vez que los vecinos discutían por la tarde, siempre
esperaban a que el sol recargase las pilas para el día siguiente.
-Hija, ¿tienen
problemas? -preguntó como una maruja de programa del corazón-
-No lo sé mamá,
pero esos gritos no parecen apreciar una relación normal.
-Pues que horror,
así no se puede vivir.
-¿Lo dices por
nosotros o por ellos? -bromeó-
-Por ellos claro,
pero, ¿es que os molestan mucho?
-Te diré que sus
gritos son la banda sonora antes de acostarnos.
Pasaron el resto de
la tarde charlando de mil historias hasta que la madre preguntó:
-¿Que tal funciona el vigilabebés?
-Bien, la verdad que
es muy muy útil y así puedo adelantar muchas cosas, mira, me meto
-tecleó un pequeño código de cuatro dígitos que exigía la
aplicación- y en diez segundos aparece tu niet -frunció el ceño-
-Hija, esa no es mi
nieta, es un chico.
-Ya, no sé que
pasa, el otro día me salió el mismo niño pero creí que era una
broma de cámara oculta o algo parecido.
Apagó el teléfono
y lo dejó pasar.
Volvía a amanecer
nublado y esa mañana tenía un sabor agridulce, era como si
presintiese que algo iba a pasar. La verdad que estaban bastante
cómodos en la casa, ya estaban demasiado instalados como para
plantearse una mudanza por culpa de los malditos vecinos.
Volvió a encender
la aplicación en su rutinario descanso de las tareas domésticas y
de nuevo tras unas breves interferencias apareció el niño, esta vez
tenía en la cara una brecha que empezaba en la ceja derecha y
terminaba en la barbilla. Atado a la cama, una mujer intentaba que,
mediante el uso de la fuerza, el niño se tragara un calcetín. La
aplicación parecía reclamar la ayuda de Lidia, y ella esta vez ya
no pensaba que se trataba de una cámara oculta. El detonante fue
ver al hombre, que al darse la vuelta Lidia descubrió que se trataba
del vecino de al lado, que arrancó el pañal del niño e intentaba
hacerle tragar al niño, provocando una arcada que acabaría segundos
después en vómito. Cuando esto ocurrió, el padre agarró por el
brazo al niño, como si fuese un muñeco de plástico, y lo encerró
en lo que parecía una jaula y acto seguido le tiraba cubos de agua
cayendo dentro cubitos de hielo. Lidia asustadísima por el pobre
niño y por ella misma, si la descubrían podría haber
consecuencias, llamó de inmediato a la policía. Al llegar los
agentes entraron y Lidia explicó todo lo sucedido.
Llamaron a la puerta
de al lado y le abrió la vecina con un gesto preocupante. -¿Sí?
-dijo-
-Por favor, apártese
y déjenos echar un vistazo a la casa -advirtió-
-¿Y eso por qué?
-Por yo lo digo,
¿que le parece?
Entraron a la casa y
lo que encontraron era horrible.
Lidia permanecía
con la oreja pegada a la pared para no perderse ni un detalle de lo
que allí ocurría.
Los policías
entraron en el dormitorio del matrimonio y allí dentro, en una cuna
rodeada de velas rojas, descansaba el cadáver de un pequeño bebé
de unos cuatro meses o cinco.
En el cuarto de
invitados vivía el horror. En una pequeña jaula, moribundo, se
encontraba el pequeño bebé al que llevaban torturando durante
semanas. El hombre, no quiso que entrasen más y se voló la tapa de
los sesos con un revólver que guardaba en el cajón azul oscuro que
descansaba en la esquina derecha de la habitación. Llamaron a la
ambulancia urgente. Antes de seguir tocando cosas llamaron a la
policía científica. Uno de los agentes se dirigía al baño y la
mujer nerviosa le gritó que no se le ocurriese entrar. Se levantó
para intentar impedirlo pero tropezó y esposada cayó al suelo. En
el interior de la bañera, se encontraban dos cadáveres de niños
pequeños con los vientres abiertos en canal y en descomposición, el
hedor era horrible. Llevaron a la vecina de Lidia a comisaría y allí
permaneció hasta el día siguiente, que la trasladarían a un centro
psiquiátrico.
La pareja llevaba
meses secuestrando niños y sacando sus pequeños órganos para hacer
un tipo de ritual en el que podían resucitar a su pequeño,
fallecido por causas naturales, el pequeño padecía un cáncer que
fundió su vida en menos de trescientos sesenta y cinco días.
Estos padres,
destrozados por el dolor, decidieron permanecer callados y tenían a
su pequeño en una especie de altar, esperando a ser resucitado, cosa
que nunca sucedería. Fue muy muy sonado en el pueblo pero a medida
que pasó el tiempo la gente se olvidó del asunto, menos por los
jóvenes morbosos que se intentaban colar dentro de la casa para
verla por dentro.
Un día después de
aquello sonó el teléfono.
-¿Diga?
-Lidia, me quedó
aquí en Londres a vivir, es mi sitio, lo sé y además están muy
contentos conmigo.
-Me alegro mucho, de
veras. Pásate un día por aquí, tengo que contarte algo.
El pequeño que
encontraron en la jaula, se repuso, tardó mucho pero consiguió
recuperarse. Fue todo un horror, y a saber con qué familia acabaría
el pobre, que no tenía que ser mala, pero Lidia y su novio
decidieron hacer el papeleo previo a una adopción. Finalmente y
después de año y medio, se hicieron tutores legales del pequeño
que vivió felizmente con su nueva familia.
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