domingo, 24 de julio de 2016

El nuevo hogar

La mañana había amanecido enfadada. Una neblina con aviso de tormenta amenazaba Barce, un pequeño pueblo de no más de 26.000 habitantes. A las once, un chico con un deuvedé de Peter Pan para el hijo, bajo el brazo izquierdo y un paquete de posavasos como regalo en la mano derecha, se dirigía a la casa que había alquilado una pareja de amigos suyos.

Cuando había girado la esquina de amontonadas casas de más de cincuenta años y hubo llamado al timbre, Cristian, advirtió las primeras gotas de una fina lluvia. Su amiga Lidia, apareció con su hija de tres meses como si fuese un pequeño Koala. Antes de entrar le pidió que llamase al timbre. Él, extrañado pulsó y un tono grave, con un toque siniestro sonaba como la quinta sinfonía de Beethoven debido al simpático interés de los antiguos inquilinos por modernizar su casa, sin éxito hay que decir. -La tenemos que cambiar, es horrible- bromeó-

Avanzaron y para que Lidia pudiese enseñarle su nueva casa, colocó a la pequeña en su parque, la dejó al lado de un gusiluz, dos peluches con forma de conejo que al agitarlos sonaban como dos maracas y un oso más grande que pulsando la barriga decía dos frases: ¿Quieres jugar? Y, ¡Seremos amigos hasta el final ja ja ja!

La segunda frase era inquietante pero la niña estallaba en carcajadas cada vez que la oía.
Lidia hizo un pequeño tour por toda la casa, que tenía dos plantas, mientras le pedía perdón por tener todas las cajas de mudanza por todos lados, pero realmente no habían tenido demasiado tiempo para poner todo en orden.

En la planta de arriba, en una de las dos habitaciones, había un escritorio con dos routers colocados en los dos extremos. Mientras ella le contaba el por qué estaban allí, Cristian echaba un vistazo en el resto del cuarto. -¿y este libro? -dijo mientras cogía un extenso borrador que parecía ser la segunda parte de la biblia-

-Pues es del hijo de los antiguos inquilinos, que se lo dejaron todo aquí, pero lo vamos a cambiar todo,hasta los routers, de hecho viene hoy el técnico a ponernos el Wifi nuevo.

-Mariposas magnéticas del espacio sideral... -pensó en la ironía- menudo título, y ¿de que va esta joya literaria?

-Pues no lo sé, pero al chico le han publicado tres o cuatro libros.

Ante la irónica mirada de Cristian y anticipándose a su pregunta, Lidia confesó: -No, no me lo he leído ni lo pienso hacer, leí la sinopsis y tiene pinta de ser una mierda.

Bajaron a la planta baja y le ofreció un café mientras charlaban y se ponían al día. Había pasado poco más de una hora desde que Cristian llegó a la casa.

-La próxima semana me voy de viaje a Londres.

-¿Y eso?

-Trabajo. Me han ofrecido allí un contrato de tres meses de camarero en el “The palate pleasure”.

-Anda que bien, me alegro mucho, así podrás aprender cocina allí.

-Bueno a ver, cocinar yo sé... -aclaró-

-Cris, hacer huevos fritos no cuenta -rió-

Lidia le estaba contando con gran pasión, a propósito de estar hablando de cocina, que la noche anterior había elaborado una jugosa y deliciosa tortilla de calabacín.

-Mmm que bueno por favor, me muero por una de esas -dijo babeando-

-Pues en la cocina queda un trozo, si la quieres la coges -ofreció-

-Pues -Beethoven interrumpió- ¡joder! Que susto me ha dado -rió-

Lidia se levantó a abrir la puerta mientras Cristian jugaba con la niña dentro del parque. Le rascó suavemente la barbilla y la niña reía alegremente mientras estornudaba llenando de baba la mano del chico. -Pequeña, me has llenado de tu ADN. Voy a lavarme las manos.
El técnico instaló el wifi y el pack con más de sesenta y cinco canales de televisión que la pareja había contratado. Mientras el operario estaba trabajando, Lidia estaba con él ayudando o más bien pendiente de que no rompiese nada, y Cristian se daba un paseo por el resto del comedor observando los adornos que la pareja había colgado en las paredes. Cuadros con sus series favoritas, espadas y katanas colgadas de la pared (el novio era muy fan de todos estos dibujos manga y a juzgar por la camiseta de Lidia, ella también) y un amplio arsenal de libros que contenía desde la saga Harry potter hasta Orgullo y prejuicio. Al apoyarse encima de la mesa un papel arrugado cayó al suelo, pero sonó como si unos cristales se hubiesen roto. Debió imaginar que se trataba de una taza envuelta en papel de periódico y otras de revistas de motos.

El operario se marchó dejando todo ordenado y con una sonrisa propia de un trabajo bien hecho.

Cristian se quedó a comer con la pareja para charlar con ambos, a él hacía mas tiempo que no le veía y también le apetecía verle. Acabaron la tarde con unas cervezas y unas pizzas, y sobre las nueve y media, Cristian decidió marcharse a casa para descansar.

Al día siguiente la madre de Lidia, llegó a casa de su hija con el gesto de sorpresa cuando llamó al timbre. -Uy por dios, que cosa más fea -sentenció-

Lidia recibió con agrado el regalo que su madre le había comprado. Un vigilabebés. Este era especial, podía observar a su hija a través de una pequeña pantalla que podía colocar al lado del router, y se habría ahorrado más de cincuenta euros, pero prefirió comprarle el Vigilabebés plus, que era básicamente lo mismo pero podía observar a su hija a través de la pantalla de su teléfono móvil, bajando una aplicación, que sinceramente, era mucho más cómodo.

La vecina llamó al timbre para pedir perdón. Las paredes eran antiguas y ella no había sabido medir la longitud a la hora de colgar un cuadro, y atravesó la pared con un pequeño agujero de no más de dos centímetros. -No te preocupes mujer -tranquilizó-

-De verdad que lo siento, mi marido prometió hacerlo antes de irse a trabajar pero no lo hizo y yo que creía ser una manitas... -bromeó- ¡Ahí va! -dijo con alegre sorpresa- si yo también lo tengo -informó- Lidia que no sabía de qué hablaba, iba a preguntar que era lo que ella también tenía, pero la vecina lo aclaró. -El vigilabebés. Tengo exactamente el mismo, no veas el por culo que dan los niños jaja, con esto es mucho más relajado todo. Puedes hacer tus cosas mientras los mocosos duermen plácidamente.

Lidia no supo que cara poner y espetó un -Guay-. La vecina se marchó pidiendo nuevamente perdón. Al cerrar la puerta el gesto de Lidia era de alivio, realmente tenía una vecina muy pesada.

El vigilabebés funcionaba a la perfección. Lidia podía hacer todas las tareas del hogar vigilando a su pequeña sin tener que estar pendiente de ella cada dos minutos. Pasaban los días y la pareja se iba asentando en su nuevo hogar. Realmente estaban felices e ilusionados. Había pasado un mes desde que tenía el vigila y no había pasado nada hasta esa mañana. Lidia hizo un descanso mientras limpiaba la cocina y tendía la ropa de la lavadora de ropa blanca que había puesto dos horas antes. 

Se sentó mientras se encendía un cigarrillo y sacó un vaso del congelador mientras vertía y bebía un refresco de zumo de limón. Escupió el zumo sobre la mesa manchando el pequeño cuaderno de sopa de letras de su novio que se distraía cazando palabras los jueves al medio día, mientras su corazón iba a mil por segundo. Le había parecido apreciar, al lado de la cuna de su hija un hombre observando, pero al instante descubrió que se trataba de un perchero de los antiguos inquilinos que no entendía porqué aún no se había deshecho de él. Observó a la niña cinco minutos más y continuó con sus labores. Cuando el sol acabó su turno, llegó la noche y con ella unos gritos procedentes de la casa de al lado. La vecina insoportable discutía vivamente con su marido y por desgracia no era la primera vez que la escuchaban a altas horas de la noche. -Algún defecto tenía que tener esta casa, no podía ser tan barata sin tener algún defecto -reprochó a la nada-
Aunque los gritos llegaban altos y claros, las conversaciones que vivían dentro del griterío matrimonial, no, por lo que lo que se oía era como si hubiese un concierto de heavy metal al lado pero con un cantante que no vocaliza, era simplemente ruido.

Al día siguiente, Mario, se fue a trabajar con el gesto cansado. Se vistió mirando a un punto fijo de la pared, le dio un beso a Lidia y a su hija pequeña y se marchó a trabajar. Lidia dormiría hasta las nueve y media.

A media mañana, volvía a limpiar la casa y a observar desde la pantalla de su teléfono, a su hija. Esta vez la aplicación iba un poco mal. Cuando entrabas en la aplicación, aparecía la niña, pero producía leves interferencias, en ocasiones la interferencia duraba más de tres minutos, lo que hacía insoportable la visión de la niña. Apunto de apagar la aplicación e ir a la planta de arriba para ver como se encontraba su hija, observó que la habitación que aparecía en el teléfono no era la de su hija. No sabía que habitación era ni por qué le aparecía a ella pero observó un niño pequeño, de unos dos años, tres como mucho, atado a una cama. Su cara se desencajó y apagó la aplicación pensando que sería alguna broma de cámara oculta o algo parecido. Prosiguió con la plancha, que a juzgar por el montón encima de la silla, aún tenía por delante unos cuarenta y siete minutos.

Al caer la noche, los gritos volvieron al hogar de al lado, parecía que el matrimonio esperase aq la noche para soltar sapos y culebras por la boca. Mario harto de tantas noches sin pegar ojo, bajó y llamó al timbre de sus vecinos. Sonrió pensando que el timbre sonaba como un timbre normal, pero borró la sonrisa cuando un malhumorado hombre de unos treinta y ocho años y con la vena del cuello hinchada le preguntó de una forma desagradable que que coño quería a estas horas.

-Mario, con toda la educación del mundo les pidió que no levantasen tanto la voz, que la pequeña no podía descansar, y ellos tampoco. Un portazo en las narices aclaró a Mario que era su respuesta.

Volvió a casa, subió arriba y le dio un beso a Lidia mientras le decía que lo había intentado pero que no había manera. Apagaron la luz y se intentaron (sin éxito, los gritos no cesaban) dormir o por lo menos descansar un poco.

La tarde del 25, fue un tanto rara. La madre de Lidia apareció y pasó con ella una agradable charla sobre lo que le había gustado su viaje a Italia, regalo que le había hecho su hija. Tomaban dos tazas de café caliente mientras un puñado de pastas que llevaban mucho tiempo queriendo salir a la luz descansaban sobre la mesa acompañadas de unas galletas de chocolate y trozos de turrón típicos de la navidad. -No puedes hac -la voz se perdió en el grito-. Era la primera vez que los vecinos discutían por la tarde, siempre esperaban a que el sol recargase las pilas para el día siguiente.

-Hija, ¿tienen problemas? -preguntó como una maruja de programa del corazón-
-No lo sé mamá, pero esos gritos no parecen apreciar una relación normal.
-Pues que horror, así no se puede vivir.

-¿Lo dices por nosotros o por ellos? -bromeó-

-Por ellos claro, pero, ¿es que os molestan mucho?

-Te diré que sus gritos son la banda sonora antes de acostarnos.

Pasaron el resto de la tarde charlando de mil historias hasta que la madre preguntó: -¿Que tal funciona el vigilabebés?

-Bien, la verdad que es muy muy útil y así puedo adelantar muchas cosas, mira, me meto -tecleó un pequeño código de cuatro dígitos que exigía la aplicación- y en diez segundos aparece tu niet -frunció el ceño-

-Hija, esa no es mi nieta, es un chico.

-Ya, no sé que pasa, el otro día me salió el mismo niño pero creí que era una broma de cámara oculta o algo parecido.

Apagó el teléfono y lo dejó pasar.
Volvía a amanecer nublado y esa mañana tenía un sabor agridulce, era como si presintiese que algo iba a pasar. La verdad que estaban bastante cómodos en la casa, ya estaban demasiado instalados como para plantearse una mudanza por culpa de los malditos vecinos.

Volvió a encender la aplicación en su rutinario descanso de las tareas domésticas y de nuevo tras unas breves interferencias apareció el niño, esta vez tenía en la cara una brecha que empezaba en la ceja derecha y terminaba en la barbilla. Atado a la cama, una mujer intentaba que, mediante el uso de la fuerza, el niño se tragara un calcetín. La aplicación parecía reclamar la ayuda de Lidia, y ella esta vez ya no pensaba que se trataba de una cámara oculta. El detonante fue ver al hombre, que al darse la vuelta Lidia descubrió que se trataba del vecino de al lado, que arrancó el pañal del niño e intentaba hacerle tragar al niño, provocando una arcada que acabaría segundos después en vómito. Cuando esto ocurrió, el padre agarró por el brazo al niño, como si fuese un muñeco de plástico, y lo encerró en lo que parecía una jaula y acto seguido le tiraba cubos de agua cayendo dentro cubitos de hielo. Lidia asustadísima por el pobre niño y por ella misma, si la descubrían podría haber consecuencias, llamó de inmediato a la policía. Al llegar los agentes entraron y Lidia explicó todo lo sucedido.

Llamaron a la puerta de al lado y le abrió la vecina con un gesto preocupante. -¿Sí? -dijo-
-Por favor, apártese y déjenos echar un vistazo a la casa -advirtió-

-¿Y eso por qué?

-Por yo lo digo, ¿que le parece?

Entraron a la casa y lo que encontraron era horrible.
Lidia permanecía con la oreja pegada a la pared para no perderse ni un detalle de lo que allí ocurría.

Los policías entraron en el dormitorio del matrimonio y allí dentro, en una cuna rodeada de velas rojas, descansaba el cadáver de un pequeño bebé de unos cuatro meses o cinco.
En el cuarto de invitados vivía el horror. En una pequeña jaula, moribundo, se encontraba el pequeño bebé al que llevaban torturando durante semanas. El hombre, no quiso que entrasen más y se voló la tapa de los sesos con un revólver que guardaba en el cajón azul oscuro que descansaba en la esquina derecha de la habitación. Llamaron a la ambulancia urgente. Antes de seguir tocando cosas llamaron a la policía científica. Uno de los agentes se dirigía al baño y la mujer nerviosa le gritó que no se le ocurriese entrar. Se levantó para intentar impedirlo pero tropezó y esposada cayó al suelo. En el interior de la bañera, se encontraban dos cadáveres de niños pequeños con los vientres abiertos en canal y en descomposición, el hedor era horrible. Llevaron a la vecina de Lidia a comisaría y allí permaneció hasta el día siguiente, que la trasladarían a un centro psiquiátrico.

La pareja llevaba meses secuestrando niños y sacando sus pequeños órganos para hacer un tipo de ritual en el que podían resucitar a su pequeño, fallecido por causas naturales, el pequeño padecía un cáncer que fundió su vida en menos de trescientos sesenta y cinco días.

Estos padres, destrozados por el dolor, decidieron permanecer callados y tenían a su pequeño en una especie de altar, esperando a ser resucitado, cosa que nunca sucedería. Fue muy muy sonado en el pueblo pero a medida que pasó el tiempo la gente se olvidó del asunto, menos por los jóvenes morbosos que se intentaban colar dentro de la casa para verla por dentro.

Un día después de aquello sonó el teléfono.

-¿Diga?

-Lidia, me quedó aquí en Londres a vivir, es mi sitio, lo sé y además están muy contentos conmigo.

-Me alegro mucho, de veras. Pásate un día por aquí, tengo que contarte algo.


El pequeño que encontraron en la jaula, se repuso, tardó mucho pero consiguió recuperarse. Fue todo un horror, y a saber con qué familia acabaría el pobre, que no tenía que ser mala, pero Lidia y su novio decidieron hacer el papeleo previo a una adopción. Finalmente y después de año y medio, se hicieron tutores legales del pequeño que vivió felizmente con su nueva familia.

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