Aquella mañana
tenía mucho trabajo. A las siete, debía sacar a la perra durante
veinte minutos. A las ocho, debía comprar el pan y dejar la comida
preparada para todos porque trabajaban. Al día siguiente hacía
veintitrés años y estaba convencido de que todos le habían
preparado algo, tenían mucho secretismo entre ellos. A las nueve
tenía que estar justo en el trabajo, no podía retrasarse ni un
minuto. Sabía que aún le quedaba dos horas de placentero sueño
cuando la voz de su madre le descolocó.
-Jorge, venga cariño
levanta que son casi las nueve y no llegamos al cole.
Su cabeza aún
asimilaba aquella frase. Parecía que su madre se divertía
recordando viejos tiempos, pero nada más lejos de la realidad. Abrió
los ojos y no vio su habitación de los últimos doce años, llena de
pósters de cine, una estantería llena de películas y libros de
Stephen King. Aquella habitación le resultaba familiar. Tenía dos
camas (en una de ellas había un chaval de unos trece años roncando
boca arriba), dos pósters enormes de Toy Story y Pokémon y unos
cabeceros dónde descansaban dos game boy de color amarillo y verde
respectivamente.
Era todo muy raro,
hacía cinco minutos soñaba con no llegar tarde al trabajo y
preocupado por mil historias que tenía esa mañana y de repente,
pum, nada. No tenía nada que hacer, solo ir a clase y aprobar el
curso. Todo era altamente extraño, tenía un dolor en el estómago y
era incertidumbre. No sabía que estaba pasando pero era un niño.
Tenía la sensación de que todo lo había soñado, lo de su perra,
lo de su trabajo... en definitiva, había soñado ser mayor. Volvía
a la realidad, a ser un chico de diez años, pero algo había
cambiado en él a través de ese sueño, de alguna manera, había
adquirido los conocimientos de él cuando tenía veintidós años en
el sueño. Veía la vida de forma diferente.
Se tiró más de
media hora mirando raro a su madre y hermano. De camino a clase en
autobús tenía la mirada perdida, como si estuviese pensando muy
profundamente.
-Jorge, cariño,
¿estás bien? -Dijo preocupada su madre-
-Sí. -respondió
amarga y secamente-
Al llegar al colegio
y cruzar la enorme puerta verde, una nostalgia le sacudió el corazón
y se le escapó alguna que otra lágrima al ver a sus compañeros
corriendo hacia su fila para irse a clase.
Esa mañana miraba
todo y a todos, y lo miraba con una sensación que desde fuera
parecía prepotencia. Llevaba más de dos horas despierto y no dejaba
de alucinar. Tenía la sensación de que todo esto lo había vivido y
sinceramente, lo recordaba muy distinto, no mal, pero muy distinto.
Llegaron al aula y
cada uno se sentó en su sitio, menos Jorge que no lo recordaba y se
sentó en uno cualquiera hasta que una chica delgadita y rubia le
advirtió. -Jorge, quita de ahí, ese es mi sitio-
Se levantó y pidió
perdón.
Todos miraban raro a
Jorge, estaba demasiado raro incluso para ser él. Todos comentaban
el capítulo del día anterior de la famosa serie “Los Serrano” y
el parecía no haber visto el tan ansiado capítulo. Jorge tenía un
disgusto grande, o eso parecía y no dejaba indiferente a nadie.
Sacó sus libros de
matemáticas y los colocó encima de la mesa, sacó también su
estuche y con un lápiz empezó a subrayar cosas que no tenían
importancia, quería pasar desapercibido porque se había dado cuenta
que todos le miraban como un bicho raro, cosa que no sucedía
habitualmente, pero es que estaba muy raro aquella mañana.
Seguía en su trance
peliculero cuando el tutor entró. Se quedo boquiabierto al ver a
aquél corpulento profesor. Entró y dijo lo que recordaba que decía
todos los días. -Buenos días a todos, callaos ya chicos que no
empezamos nunca-
Jorge no le quitaba
ojo. Parecía sentir una especie de fascinación por aquél profesor,
pero no, no era fascinación, era lástima. No entendía el por qué,
pero una profunda sensación de lástima le invadía provocando un
enorme pesar en el estómago.
-Abrid los libros
por la página treintas y cinco. Hoy vamos a aprender raíces
cuadradas, chicos, son muy fáciles -unos chicos no dejaban de hablar
y Manolo, que así se llamaba el profesor intervino- chicos por
favor, silencio. No lo repito más. Bien, las raíces cuadradas como
decía son muy sencillas, por ejemplo, ponemos el número veinticinco
-los chicos no callaban y a Manolo le invadió una rabia que sufría
muy a menudo, levantó el puño y golpeó la mesa haciendo volar los
papeles- me cago en mi estampa, ¿os queréis callar? Que no llevamos
ni veinte minutos de clase y ya no me dejáis explicaros las raíces
cuadradas del demonio?
Él lo había
notado, tanto él como el tutor se habían intercambiado miradas
cómplices de no sabían muy bien qué.
Al principio le
costó acostumbrarse a una rutina que había tenido durante el último
trimestre, como los últimos cinco años de colegio. Pero es que ese
sueño que había tenido le había cambiado realmente, le había
cambiado demasiado, hasta el punto que en ciertas ocasiones parecía
un extraño en su casa y en el colegio.
Pasaron los días y
los meses y se había acostumbrado a su manera a vivir en un lugar
que el parecía no encajar en ella. Cuatro meses después de aquél
sueño, volvió a tener otro sueño. Era uno especial, en el que no
sabía muy bien porque, pero tenía otro nudo en el estómago, esta
vez era un nudo muy grande que crecía cada vez que el tutor entraba
al aula. Había buscado y rebuscado dentro de él, pero nada, no
había encontrado nada. Le costaba mucho socializar con sus propios
amigos de toda la vida, pero es que el sueño le había cambiado
tanto que no terminaba de encajar en esta sociedad, más que en la
sociedad, en la sociedad de su edad, no pretendía ir de maduro, pero
realmente lo era más que los chicos de su clase.
El tutor caía bien
a todo el mundo. A pesar de ser un hombre fanfarrón, era un buen
hombre y un buen profesor. Daba las clases de una forma muy
diferente. Nunca quiso que memorizasen y lo escupiesen en el papel,
él se apasionaba por que aprendieran, porque vivieran sus clases,
que lo pasaran bien. Nunca jamás les dejó coger apuntes, pero es
que realmente no hacía falta. A todos les gustaban sus clases y era
fácil recordar lo aprendido día a día. Todo el mundo le tenía un
cariño especial, incluso confianza con ciertos alumnos. Jorge no se
atrevía a preguntarle directamente una cosa hasta que un día se
atrevió.
Tras dos clases intercambiando miradas se atrevió y al
acabar, cuando todos huyeron al recreo él se esperó, se acercó y
mirando sus ojos le dijo -Manolo, quería decirte una cosa- Manolo se
percató y antes de que acabara la frase le dijo -Mira, Jorge, sé a
que vienes, y lamento no poder ayudarte, no por el momento.
Paciencia, ten mucha paciencia, por mi parte... anda, ve al recreo a
jugar.
No le entendió en
ese momento, pero más tarde le encajaría a la perfección.
Dejó pasar el
tiempo y a las dos semanas hubo un altercado grave. Aquél día, el
estómago le dolía como nunca antes. El día transcurría normal,
clases aburridas excepto las de Manolo, las peleas entre dos
compañeros... un día normal. Al llegar a la última hora, ocurrió
algo desagradable para todos. Manolo les pidió que colocasen las
sillas encima de la mesa como todos los días. “El diablillo” que
así se llamaba un alumno repetidor, y que era muy rebelde, tuvo un
percance con Manolo. El tutor le pidió que cambiase su actitud y
permaneciese en silencio, que quedaban cinco minutos de clase y
quería terminar en paz.
-Ángel, por favor,
compórtate, queda muy poco -dijo cansado-
-Me la suda lo que
me digas.
-Ángel, como no te
calles te vas con el director -amenazó-
-Yo me voy a mi casa
-dijo-
-Bueno pues
compórtate o lo que te queda de curso vas a sufrir las
consecuencias.
-Mira, como me hagas
algo... -no dijo nada pero el silencio lo dijo todo-
-¿Me estás
amenazando?
-¿Y tu?
-Yo no, pero ve
inmediatamente con el director -ordenó-
-Te he dicho que yo
me voy a mi casa, cabrón.
-¿Qué has dicho?
-se levantó y se dirigió a su sitio- Repite lo que me ha dicho.
-Que eres un cabrón.
-le dijo en tono burlón-
Manolo cabreado le
agarró del brazo sin intención de hacerle daño, ante la atónita
mirada del resto de la clase, y le obligó a ir al despacho del
director.
-Que me sueltes coño
-dijo el diablillo- y salió corriendo a su casa.
Todos nos fuimos,
dejando a Manolo triste en el aula y salimos por la puerta. Al salir
del colegio, vimos a diablillo golpeándose en los brazos y llorando
de rabia. Cada uno se fue a su casa y ahí quedó la cosa.
Al día siguiente,
entró Manolo como cada mañana. Todo el mundo estaba en silencio,
cosa rara. Manolo dejó su carpeta encima de la mesa y les miró a
todos.
-Escuchadme, es
importante. Ayer ocurrió algo que lamento profundamente. Solo quería
pedir disculpas y decir que si alguno quiere dar su opinión, que lo
haga.
Dos o tres
compañeros levantaron la mano y Manolo interrumpió.
-No, pero no ahora.
Los que queráis decir algo, lo escribís en un papel y al final de
la clase lo leeremos. Los que queráis, pasad por aquí y os doy un
folio.
No supo por qué,
pero Jorge levantó la mano y pasó por la mesa de Manolo cogiendo el
folio para expresar su opinión.
Antes de repartir
los folios, todos sabíamos más o menos que había pasado. Le habían
abierto un expediente a Manolo por “supuestamente” pegar a un
alumno. El diablillo se había golpeado al salir, después de la
discusión, diciendo a su padre que le había pegado y mostrando un
moretón como testigo. Jorge, decidió creer al repetidor, aún
sabiendo en su interior que no llevaba nada de razón, pero supuso
que se dejó llevar por la popularidad y decidió llevarse bien con
él en vez de tenerlo en su contra.
Al final de la
clase, Manolo, pidió a los que habían escrito su opinión que la
leyeran
-Jorge, tu turno.
-No, prefiero no
leerlo.
-No, ahora sales y
lo lees, si querías dar tu opinión ahora vienes aquí y lo lees
delante de todos -dijo muy molesto-
Jorge, cada segundo
que pasaba se arrepentía de haber arremetido con Manolo, sabiendo
que era un muy buen profesor, que el repetidor mentía y que lo que
estaba apunto de leer era totalmente falso y ni él mismo lo pensaba.
La nota empezaba
así:
“Manolo ayer pegó
a Ángel, lo vimos todos, y fue muy injusto.”
Había mucha mentira
dentro, que es mejor no decir y terminaba así:
“A mucha gente le
cae mal Manolo, a mi también.”
Tras leer esa carta,
Jorge se sintió muy mal, este arrebato de falsa valentía le costó
muchas noches en vela, los remordimientos eran terribles.
Dos o tres
compañeros más leyeron notas parecidas, menos una chica que dijo
todo lo contrario, es decir, la verdad.
Todavía quedaban
dos semanas de curso, pero el que estaban apunto de presenciar era el
último del profesor.
-Chicos, chicas. Ha
sido un gran curso. He aprendido mucho de vosotros y espero que
también haya sido al revés. Como bien sabéis, me han expulsado del
centro por...pegar a un compañero vuestro que ha decidido no estar
hoy aquí. Solo quería deciros que ha sido un verdadero placer estar
mi último año de docente con vosotros. Creedme si os digo que ha
sido muy especial a pesar de que ciertas personas piensen tan mal de
mi. Yo sé que la vida es justa, yo repito una vez más que no he
pegado a nadie en mis cuarenta y cinco años de profesional.
Su discurso iba a
durar mucho más tiempo, pero Jorge en ese momento rompió a llorar y
el nudo en el estómago se disolvió. Ahí comprendió todo y le
interrumpió.
-¿Queda mucho
tiempo?
Un compañero
entendió la pregunta al revés y le reprochó.
-Pero tío, ¿como
dices eso en un momento como este?
Manolo interrumpió
el reproche.
-No Carlos. Tu
compañero Jorge no va por ahí. Jorge, me preguntas que cuanto me
queda y yo te digo que dos años.
Jorge con lágrimas
en los ojos fue corriendo a darle un abrazo a lo que Manolo (soltando
una lágrima) Dijo -Jorge, la paciencia ha llegado a su fin. Lo que
te quise decir, es que por mi parte no hay nada que perdonar. Sé que
eres un buen chico, ha sido un placer.
Los compañeros,
también llorando porque se les escapaba el mejor profesor que habían
tenido hasta la fecha, no entendían el especial dramatismo que
tenían Jorge y Manolo.
Cuando todo hubo
pasado, Manolo enfermó de cáncer y se puso realmente enfermo. Su
padre había pasado por algo parecido pero su enfermedad ahora era el
alzhéimer. A los dos años del suceso de su última clase, su padre
falleció, una semana después Manolo también.
Cuando Manolo
comenzó a explicar que le echaban y a Jorge se le disolvió el nudo
en el estómago, había comprendido.
No supo el cómo
pero si el por qué. De alguna manera, había viajado al pasado para
cerrar una herida que tenía clavada con gran amargura dentro de él.
Cuando se enteró de la muerte de Manolo, no pudo hacer nada, ni
siquiera pedirle perdón por su gran error y Manolo zarpó creyendo
que Jorge había dicho eso de corazón. Gracias a ese viaje tan
raro, pudo cerrar la herida. Con el perdón de Manolo volvía a
dormir en paz, pero no sabía como volver a su otra época, la de
adulto.
Con gran alivio y
con su perdón, Jorge se durmió como un niño pequeño y como había
pasado siete meses atrás, al despertar tenía la sensación de
haber pasado un sueño tan agradable como espantoso. Para su
sorpresa, la habitación volvía a estar llena de pósters de cine de
terror, lleno de películas y libros de Stephen King, y su perra le
reclamaba para ir a la calle.
Rebuscando en sus
apuntes de cuando tenía once años, vio una pequeña nota de su
profesor Manolo y se quedó pasmado. Era verdad que había viajado en
el tiempo y aunque eso era algo alucinante, lo que encontró lo era
más aún.
“Jorge, has
cerrado tu herida. No tienes de qué preocuparte, un
saludo Manolo”


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