lunes, 11 de julio de 2016

El tutor

Aquella mañana tenía mucho trabajo. A las siete, debía sacar a la perra durante veinte minutos. A las ocho, debía comprar el pan y dejar la comida preparada para todos porque trabajaban. Al día siguiente hacía veintitrés años y estaba convencido de que todos le habían preparado algo, tenían mucho secretismo entre ellos. A las nueve tenía que estar justo en el trabajo, no podía retrasarse ni un minuto. Sabía que aún le quedaba dos horas de placentero sueño cuando la voz de su madre le descolocó.



-Jorge, venga cariño levanta que son casi las nueve y no llegamos al cole.

Su cabeza aún asimilaba aquella frase. Parecía que su madre se divertía recordando viejos tiempos, pero nada más lejos de la realidad. Abrió los ojos y no vio su habitación de los últimos doce años, llena de pósters de cine, una estantería llena de películas y libros de Stephen King. Aquella habitación le resultaba familiar. Tenía dos camas (en una de ellas había un chaval de unos trece años roncando boca arriba), dos pósters enormes de Toy Story y Pokémon y unos cabeceros dónde descansaban dos game boy de color amarillo y verde respectivamente.

Era todo muy raro, hacía cinco minutos soñaba con no llegar tarde al trabajo y preocupado por mil historias que tenía esa mañana y de repente, pum, nada. No tenía nada que hacer, solo ir a clase y aprobar el curso. Todo era altamente extraño, tenía un dolor en el estómago y era incertidumbre. No sabía que estaba pasando pero era un niño. 

Tenía la sensación de que todo lo había soñado, lo de su perra, lo de su trabajo... en definitiva, había soñado ser mayor. Volvía a la realidad, a ser un chico de diez años, pero algo había cambiado en él a través de ese sueño, de alguna manera, había adquirido los conocimientos de él cuando tenía veintidós años en el sueño. Veía la vida de forma diferente.

Se tiró más de media hora mirando raro a su madre y hermano. De camino a clase en autobús tenía la mirada perdida, como si estuviese pensando muy profundamente.
-Jorge, cariño, ¿estás bien? -Dijo preocupada su madre-

-Sí. -respondió amarga y secamente-

Al llegar al colegio y cruzar la enorme puerta verde, una nostalgia le sacudió el corazón y se le escapó alguna que otra lágrima al ver a sus compañeros corriendo hacia su fila para irse a clase.

Esa mañana miraba todo y a todos, y lo miraba con una sensación que desde fuera parecía prepotencia. Llevaba más de dos horas despierto y no dejaba de alucinar. Tenía la sensación de que todo esto lo había vivido y sinceramente, lo recordaba muy distinto, no mal, pero muy distinto.

Llegaron al aula y cada uno se sentó en su sitio, menos Jorge que no lo recordaba y se sentó en uno cualquiera hasta que una chica delgadita y rubia le advirtió. -Jorge, quita de ahí, ese es mi sitio-

Se levantó y pidió perdón.
Todos miraban raro a Jorge, estaba demasiado raro incluso para ser él. Todos comentaban el capítulo del día anterior de la famosa serie “Los Serrano” y el parecía no haber visto el tan ansiado capítulo. Jorge tenía un disgusto grande, o eso parecía y no dejaba indiferente a nadie.

Sacó sus libros de matemáticas y los colocó encima de la mesa, sacó también su estuche y con un lápiz empezó a subrayar cosas que no tenían importancia, quería pasar desapercibido porque se había dado cuenta que todos le miraban como un bicho raro, cosa que no sucedía habitualmente, pero es que estaba muy raro aquella mañana.

Seguía en su trance peliculero cuando el tutor entró. Se quedo boquiabierto al ver a aquél corpulento profesor. Entró y dijo lo que recordaba que decía todos los días. -Buenos días a todos, callaos ya chicos que no empezamos nunca-

Jorge no le quitaba ojo. Parecía sentir una especie de fascinación por aquél profesor, pero no, no era fascinación, era lástima. No entendía el por qué, pero una profunda sensación de lástima le invadía provocando un enorme pesar en el estómago.

-Abrid los libros por la página treintas y cinco. Hoy vamos a aprender raíces cuadradas, chicos, son muy fáciles -unos chicos no dejaban de hablar y Manolo, que así se llamaba el profesor intervino- chicos por favor, silencio. No lo repito más. Bien, las raíces cuadradas como decía son muy sencillas, por ejemplo, ponemos el número veinticinco -los chicos no callaban y a Manolo le invadió una rabia que sufría muy a menudo, levantó el puño y golpeó la mesa haciendo volar los papeles- me cago en mi estampa, ¿os queréis callar? Que no llevamos ni veinte minutos de clase y ya no me dejáis explicaros las raíces cuadradas del demonio?

Él lo había notado, tanto él como el tutor se habían intercambiado miradas cómplices de no sabían muy bien qué.

Al principio le costó acostumbrarse a una rutina que había tenido durante el último trimestre, como los últimos cinco años de colegio. Pero es que ese sueño que había tenido le había cambiado realmente, le había cambiado demasiado, hasta el punto que en ciertas ocasiones parecía un extraño en su casa y en el colegio.

Pasaron los días y los meses y se había acostumbrado a su manera a vivir en un lugar que el parecía no encajar en ella. Cuatro meses después de aquél sueño, volvió a tener otro sueño. Era uno especial, en el que no sabía muy bien porque, pero tenía otro nudo en el estómago, esta vez era un nudo muy grande que crecía cada vez que el tutor entraba al aula. Había buscado y rebuscado dentro de él, pero nada, no había encontrado nada. Le costaba mucho socializar con sus propios amigos de toda la vida, pero es que el sueño le había cambiado tanto que no terminaba de encajar en esta sociedad, más que en la sociedad, en la sociedad de su edad, no pretendía ir de maduro, pero realmente lo era más que los chicos de su clase.

El tutor caía bien a todo el mundo. A pesar de ser un hombre fanfarrón, era un buen hombre y un buen profesor. Daba las clases de una forma muy diferente. Nunca quiso que memorizasen y lo escupiesen en el papel, él se apasionaba por que aprendieran, porque vivieran sus clases, que lo pasaran bien. Nunca jamás les dejó coger apuntes, pero es que realmente no hacía falta. A todos les gustaban sus clases y era fácil recordar lo aprendido día a día. Todo el mundo le tenía un cariño especial, incluso confianza con ciertos alumnos. Jorge no se atrevía a preguntarle directamente una cosa hasta que un día se atrevió. 


Tras dos clases intercambiando miradas se atrevió y al acabar, cuando todos huyeron al recreo él se esperó, se acercó y mirando sus ojos le dijo -Manolo, quería decirte una cosa- Manolo se percató y antes de que acabara la frase le dijo -Mira, Jorge, sé a que vienes, y lamento no poder ayudarte, no por el momento. Paciencia, ten mucha paciencia, por mi parte... anda, ve al recreo a jugar.

No le entendió en ese momento, pero más tarde le encajaría a la perfección.
Dejó pasar el tiempo y a las dos semanas hubo un altercado grave. Aquél día, el estómago le dolía como nunca antes. El día transcurría normal, clases aburridas excepto las de Manolo, las peleas entre dos compañeros... un día normal. Al llegar a la última hora, ocurrió algo desagradable para todos. Manolo les pidió que colocasen las sillas encima de la mesa como todos los días. “El diablillo” que así se llamaba un alumno repetidor, y que era muy rebelde, tuvo un percance con Manolo. El tutor le pidió que cambiase su actitud y permaneciese en silencio, que quedaban cinco minutos de clase y quería terminar en paz.

-Ángel, por favor, compórtate, queda muy poco -dijo cansado-

-Me la suda lo que me digas.

-Ángel, como no te calles te vas con el director -amenazó-

-Yo me voy a mi casa -dijo-

-Bueno pues compórtate o lo que te queda de curso vas a sufrir las consecuencias.

-Mira, como me hagas algo... -no dijo nada pero el silencio lo dijo todo-

-¿Me estás amenazando?

-¿Y tu?

-Yo no, pero ve inmediatamente con el director -ordenó-

-Te he dicho que yo me voy a mi casa, cabrón.

-¿Qué has dicho? -se levantó y se dirigió a su sitio- Repite lo que me ha dicho.

-Que eres un cabrón. -le dijo en tono burlón-

Manolo cabreado le agarró del brazo sin intención de hacerle daño, ante la atónita mirada del resto de la clase, y le obligó a ir al despacho del director.

-Que me sueltes coño -dijo el diablillo- y salió corriendo a su casa.
Todos nos fuimos, dejando a Manolo triste en el aula y salimos por la puerta. Al salir del colegio, vimos a diablillo golpeándose en los brazos y llorando de rabia. Cada uno se fue a su casa y ahí quedó la cosa.

Al día siguiente, entró Manolo como cada mañana. Todo el mundo estaba en silencio, cosa rara. Manolo dejó su carpeta encima de la mesa y les miró a todos.

-Escuchadme, es importante. Ayer ocurrió algo que lamento profundamente. Solo quería pedir disculpas y decir que si alguno quiere dar su opinión, que lo haga.

Dos o tres compañeros levantaron la mano y Manolo interrumpió.

-No, pero no ahora. Los que queráis decir algo, lo escribís en un papel y al final de la clase lo leeremos. Los que queráis, pasad por aquí y os doy un folio.

No supo por qué, pero Jorge levantó la mano y pasó por la mesa de Manolo cogiendo el folio para expresar su opinión.

Antes de repartir los folios, todos sabíamos más o menos que había pasado. Le habían abierto un expediente a Manolo por “supuestamente” pegar a un alumno. El diablillo se había golpeado al salir, después de la discusión, diciendo a su padre que le había pegado y mostrando un moretón como testigo. Jorge, decidió creer al repetidor, aún sabiendo en su interior que no llevaba nada de razón, pero supuso que se dejó llevar por la popularidad y decidió llevarse bien con él en vez de tenerlo en su contra.

Al final de la clase, Manolo, pidió a los que habían escrito su opinión que la leyeran

-Jorge, tu turno.

-No, prefiero no leerlo.

-No, ahora sales y lo lees, si querías dar tu opinión ahora vienes aquí y lo lees delante de todos -dijo muy molesto-

Jorge, cada segundo que pasaba se arrepentía de haber arremetido con Manolo, sabiendo que era un muy buen profesor, que el repetidor mentía y que lo que estaba apunto de leer era totalmente falso y ni él mismo lo pensaba.

La nota empezaba así:

“Manolo ayer pegó a Ángel, lo vimos todos, y fue muy injusto.”

Había mucha mentira dentro, que es mejor no decir y terminaba así:

“A mucha gente le cae mal Manolo, a mi también.”

Tras leer esa carta, Jorge se sintió muy mal, este arrebato de falsa valentía le costó 
muchas noches en vela, los remordimientos eran terribles.

Dos o tres compañeros más leyeron notas parecidas, menos una chica que dijo todo lo contrario, es decir, la verdad.

Todavía quedaban dos semanas de curso, pero el que estaban apunto de presenciar era el último del profesor.

-Chicos, chicas. Ha sido un gran curso. He aprendido mucho de vosotros y espero que también haya sido al revés. Como bien sabéis, me han expulsado del centro por...pegar a un compañero vuestro que ha decidido no estar hoy aquí. Solo quería deciros que ha sido un verdadero placer estar mi último año de docente con vosotros. Creedme si os digo que ha sido muy especial a pesar de que ciertas personas piensen tan mal de mi. Yo sé que la vida es justa, yo repito una vez más que no he pegado a nadie en mis cuarenta y cinco años de profesional.

Su discurso iba a durar mucho más tiempo, pero Jorge en ese momento rompió a llorar y el nudo en el estómago se disolvió. Ahí comprendió todo y le interrumpió.

-¿Queda mucho tiempo?

Un compañero entendió la pregunta al revés y le reprochó.

-Pero tío, ¿como dices eso en un momento como este?

Manolo interrumpió el reproche.

-No Carlos. Tu compañero Jorge no va por ahí. Jorge, me preguntas que cuanto me queda y yo te digo que dos años.

Jorge con lágrimas en los ojos fue corriendo a darle un abrazo a lo que Manolo (soltando una lágrima) Dijo -Jorge, la paciencia ha llegado a su fin. Lo que te quise decir, es que por mi parte no hay nada que perdonar. Sé que eres un buen chico, ha sido un placer.

Los compañeros, también llorando porque se les escapaba el mejor profesor que habían tenido hasta la fecha, no entendían el especial dramatismo que tenían Jorge y Manolo.
Cuando todo hubo pasado, Manolo enfermó de cáncer y se puso realmente enfermo. Su padre había pasado por algo parecido pero su enfermedad ahora era el alzhéimer. A los dos años del suceso de su última clase, su padre falleció, una semana después Manolo también.

Cuando Manolo comenzó a explicar que le echaban y a Jorge se le disolvió el nudo en el estómago, había comprendido.

No supo el cómo pero si el por qué. De alguna manera, había viajado al pasado para cerrar una herida que tenía clavada con gran amargura dentro de él. Cuando se enteró de la muerte de Manolo, no pudo hacer nada, ni siquiera pedirle perdón por su gran error y Manolo zarpó creyendo que Jorge había dicho eso de corazón. Gracias a ese viaje tan raro, pudo cerrar la herida. Con el perdón de Manolo volvía a dormir en paz, pero no sabía como volver a su otra época, la de adulto.

Con gran alivio y con su perdón, Jorge se durmió como un niño pequeño y como había pasado siete meses atrás, al despertar tenía la sensación de haber pasado un sueño tan agradable como espantoso. Para su sorpresa, la habitación volvía a estar llena de pósters de cine de terror, lleno de películas y libros de Stephen King, y su perra le reclamaba para ir a la calle.

Rebuscando en sus apuntes de cuando tenía once años, vio una pequeña nota de su profesor Manolo y se quedó pasmado. Era verdad que había viajado en el tiempo y aunque eso era algo alucinante, lo que encontró lo era más aún.

“Jorge, has cerrado tu herida. No tienes de qué preocuparte, un saludo Manolo”


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