lunes, 4 de julio de 2016

Pizzería cheese mass

-Pizzería Cheese Mass, ¿dígame?

-Hola buenas, quería hacer un pedido a domicilio.

-Sí, dígame.

-Quería una pizza familiar barbacoa y otra mediana de jamón y queso.

-¿Quiere el ingrediente especial?

-¿Qué lleva el ingrediente especial?

-Puede elegir entre extra de queso mozzarella o borde de queso con masa extra grande.


-Pues... no sé. Pon el extra de queso.

-Muy bien, ¿algo más?

-Sí, quisiera una bebida gratis.

-Las bebidas gratis solo entran con el menú que incluye una pizza pequeña a elegir entre barbacoa o cuatro quesos, patatas medianas y un refresco de cola o de naranja.

-Pero yo la quiero gratis. -enfatizó-

-Pues lo siento señora, pero no puede ser si no pide el menú.

-Es igual, póngame un refresco de cola y se lo pago a parte.

-¿Es todo?

-No. en la pizza barbacoa no ponga mucha carne. No ponga nada de carne.

Se sorprendió -¿No quiere carne en la pizza barbacoa?

-No. por favor, no tarden.

-Espere, necesito su domicilio para hacer la entrega.

Le dio la dirección.
-Muchas gracias, su pedido estará en -colgó y la empleada continuó el resto de la frase sola- media hora.

El repartidor llegó disminuyendo su velocidad en un segundo. Aparcó y se bajó de la moto. Abrió la caja donde se encontraba el pedido y lo cogió dejando las llaves del cierre puestas. Se dirigió al timbre y llamó. Era un edificio antiguo, no tendría más de unos sesenta y cinco años. Los balcones estaban descoloridos y llenos de desconchones, con barandillas oxidadas.

Una voz suave como la seda respondió a la llamada.

-¿Sí?

-Hola, pizza Cheese Mass. -dijo en un tono monótono y aburrido que había repetido unos quince minutos antes-

Abrió sin replicar.
Mientras Julio subía las escaleras -no había ascensor y era un cuarto piso- pensaba en lo deprimente que sería vivir en ese sitio. Las paredes eran un tono lúgubre, un verde oscuro con florituras estampadas capaz de quitar el ánimo al mismo Mickey mouse.


Pasaba los pisos y le parecía estar atravesando un videojuego de los años 80. El primer piso tenía dos puertas enfrentadas. Cada una de ellas tenía una mirilla de color violeta del tamaño de un disco.

El segundo piso tenía distintos tonos en la puerta. Pero contaba con una cosa que no tenía el primero, las paredes -en un intento de mejorar la estética interna del edificio, supuso- eran de un color pastel con cenefas de papel azul claro, espantosas en su opinión.


Cuando llegó al tercero la cosa cambió, era la tercera pantalla y la cosa debía mejorar, o no. En el tercer piso, volvíamos al primero. Las mismas mirillas gigantes y feas. El cuarto no supo que le deparaba, pero le daba igual puesto que no estaría allí ni cinco minutos.

Había algo que no le cuadraba en todo esto. Desde la tercera planta hasta el comienzo de la cuarta le dio tiempo a pensar que la voz de la mujer que había hecho el pedido, no cuadraba con el edificio. La voz era suave y el edificio parecía albergar el cadáver de EL GRECO.

Por fin llegó y la cuarta planta parecía otro universo dentro del edificio. No lo entendía pero parecía encajarle un poco más que aquella voz habitase en ese lugar. Solo había una puerta, era un ático y desprendía alegría, ganas de vivir.

Llamó dos veces a la puerta y dio un paso atrás. Mientras esperaba con el casco de la moto puesto, oyó unas pisadas descalzas que se aproximaban. Se abrió la puerta y una belleza le recibió. Se quedo un segundo embelesado y reaccionó.

-Mmm, buenas noches. Serán 17'95.

La mujer había abierto con un vestido corto con transparencias, sin ropa interior debajo, descalza y con una melena rubia al aire. Parecía que después de cenar iba a tener sexo. Y así iba a ser.

Le entregó un billete de 100 euros.

-¿Tiene cambio? -susurró-

-No, disculpe, cambio de un billete tan grande no tengo.

-Y...¿cómo lo hacemos?

-No importa, pase un momento a ver si encuentro algo.

La mujer pasó y acto seguido el hombre, un metro por detrás. Agatha, que así se llamaba la mujer, se posó buscando dinero en una cómoda enfrente del muchacho.
El repartidor no quería ser grosero, pero era inevitable observar sus preciosas posaderas turgentes.

La mujer se percató de ello por el rabillo del ojo y esbozó una sonrisa pícara. Se giró.
-Mira chico, lo siento mucho, pero no tengo cambio. Pero... -susurró aún más lento- puede quedarse con el billete a cambio de...

-¿De qué señora? -respondió con ansia-

-No, déjelo, era una tontería, además no aceptaría...

-No no, dígamelo. -insistió-

La mujer madura sonrió y preguntó deseosa.

-¿Le importaría tener sexo conmigo? Sé que suena raro, pero mire, llevo muchos años sin probar...ya sabe. -se aventuró- pero entiendo que no quiera, usted está trabajando...
El repartidor dejó las pizzas encima de la mesa, se quitó el casco verde y amarillo de la pizzería y se abalanzó metiéndole la lengua hasta la garganta a aquella mujer. No sabía que era, pero esa dama tenía algo que atraería hasta el último homosexual sobre la faz de la tierra. La puerta se cerró violentamente que hasta resonó hasta el primer piso por lo menos.

La mujer se quitó el escaso vestido que le cubría apenas la barriga, dejando su pecho al aire. Se revolcaron y forcejearon torpemente en una especie de trance de lujuria.
Una vez hubieron acabado, Agatha se encendió un Lazaga de diez centímetros, soltando una bocanada de humo.

-¡Qué asco de tabaco! Pensó para sus adentros.

Agatha le ofreció quedarse a cenar las pizzas que había traído consigo.
-No sé, llego tarde al trabajo. -reprochó-

-Pero, ¿te quedaba algún reparto?

-No.

-Pues estupendo entonces, quédate va, lo pasaremos bien -le dijo con una sonrisa muy atrayente en el rostro-

-Pues mira, me quedo, y si me dicen algo me voy, la verdad que estoy cansado del trabajo, y encima está mal pagado.

-Estupendo. Un poco de compañía no me vendrá mal.

Julio no dejaba de verla con aires de lascivia, como si lo que acababa de ocurrir le hubiese sabido a poco.
Se sentaron a cenar en una mesa que parecía sacada del siglo XVII. Uno en un extremo y la otra en el otro, solo les unía una vela casi derretida con una llama que en unos minutos estaría muy débil.

-Y cuéntame, ¿qué haces trabajando en esa pizzería? -dijo con desprecio-

-Pues mira, mis padres no pueden pagarme la universidad y tengo que trabajar -respondió entre dientes mientras masticaba un trozo de pizza con extra de mozzarella- ¿y usted?
-¿Yo que?

Le dio otro bocado y prosiguió -¿vive sola o tiene marido?

-Soy un alma libre, una hoja movida por el viento.

-Eso está muy bien -masticaba deprisa- yo de mayor quiero ser como usted -se percató de que eso podía ser una ofensa- No o sea de mayor me refiero a su edad -veía que lo 
entorpecía cada vez más- ya me entiende, ¿qué edad tiene usted?

-300 años -afirmó-

Un trozo de mozzarella salió disparado de la boca del repartidor mientras le daba un ataque de tos.

-¿300? pues se conserva muy bien -bromeó-

La cara de Agatha no se movió un ápice. Aquello parecía no hacerle gracia pero lo disimuló muy bien.

-Agatha, no está comiendo nada.

-No tengo hambre -suspiró-

-¿Y entonces a santo de qué pide unas pizzas?

-Porque supe que alguien me haría compañía.

Se acabó el último trozo y abrió la caja que contenía la pizza barbacoa.
-¡Mierda! -exclamó-

-¿Pasa algo? -preguntó curiosa-

-Sí. Esta pizza solo sabe a tomate y queso rancio.

-La mujer sonrió mientras se tocaba un mechón de pelo y lo rizaba -Es que no me gusta esa carne.

-¿Y cuál si?

-La que preparo yo para las pizzas. ¿quieres?

Se encogió de hombros y asintió mientras seguía comiendo.

La mujer trajo consigo un plato con lo que parecía carne picada, que tenía muy buena y jugosa pinta. Lo puso por toda la pizza barbacoa y ambos comieron gustosamente.

-Mmmm -dijo con agrado- esto está delicioso, ¿de dónde lo ha sacado?

-De un hombre -asintió-

El repartidor sonrió -No, en serio, ¿dónde?

-Es cerdo ibérico, lo hacen en mi pueblo muy bueno y este año me he pasado por allí y me he traído uno. ¿está bueno verdad? -dijo mientras masticaba otro pedazo de pizza.
-Sí, la vedad.

Agatha seguía masticando y se le cayó la dentadura postiza en el plato, a lo que el repartidor reaccionó yéndose rápidamente al baño a (a juzgar por los sonidos) vomitar.
La mujer sonrió mientras con un tenedor limpiaba los restos de comida de los dientes y se la volvía a colorar.

El chico, una vez hubo echado la papilla, se limpió con la mano y se miró al espejo como un vagabundo después de un caluroso día. Se lavó la cara con agua y cerró los grifos. Cogió la toalla y se secó la cara por encima.

-¿Te encuentras bien? -gritó preocupada Agatha-

-Sí -respondió- enseguida estoy allí.

Dejó la toalla en su sitio y antes de marcharse oyó un ruido cerca de la bañera. Corrió la cortina y sus ojos se abrieron de tal forma que parecía un dibujo animado japonés. Un hombre ensangrentado y con la barriga abierta se encontraba allí tirado y lleno de agua roja.

El repartidor se asustó mucho y cerró la puerta del baño como señal de protección.
-¿Pasa algo cielo? -preguntó con ironía-

-¿QUÉ ESTÁ PASANDO? ¿ES UNA BROMA? -gritó mitad enfurecido mitad preocupado-
-Yo nunca bromeo.

Esta vez la voz de Agatha sonó al otro lado de la puerta y no desde el comedor como hacía veinte segundos.

El chico, se aferró a la puerta asustado y gritó. -¡Déjame salir puta loca!
No se oyó nada más que una ligera risa. No se oía nada. Un silencio enorme invadía el miedo del repartidor.

Pasaron cinco minutos y allí no parecía que hubiera nadie. Abrió un poco la puerta para ver por un ojo si estaba allí, pero no. Salió sin hacer ruido y soltó una arcada del cambio del olor del baño con el del pasillo y se dirigió al comedor. Cogió su casco y se dirigió a la puerta, la abrió y una voz le habló.

-¿Me quieres abandonar tu también? -dijo Agatha con un aire de reproche-
La cara de Agahta había envejecido. Ya no era la señora rubia y preciosa que le había recibido para pagar unas pizzas. Su tez era pálida y arrugada. Sus dientes estaban amarillentos, algunos los tenía largos y otros simplemente no estaban. Tenía dos verrugas en el ojo derecho que casi ni podía abrir. Estaba desnuda completamente.

El chico gritó con mucho miedo y la puerta se cerró de nuevo violentamente con un gesto de aquella mujer con la piel muy tostada, quemada diría.

Julio no sabía si estaba realmente viendo aquella escena tan grotesca.
La desnuda anciana se aproximó y con su lengua pútrida le cruzó la cara dejando una baba densa, como la de un Bulldog. El chico vomitó sobre la alfombra deshilachada de color marrón.

-¿QUIÉN ERES?

-Te lo dije antes. Una bruja que tiene hambre -respondió mientras lo olía como un perro callejero-

Ahora, pensándolo mejor, si fuera por él, habría estado cinco años más en la pizzería, pero no fue así. La bruja le mordió la lengua y lo dejó que se desangrara y cuándo no pudo gritar más de dolor, le arrancó los ojos con la uña que medía más de cinco centímetros. Lo devoró y le vino a la memoria un recuerdo pasado. 


Esa misma escena, o más bien parecida, había ocurrido 300 años atrás, solo que aquella vez la inquisición la había quemado viva por bruja. Juró vengarse y desde entonces es lo que está haciendo.


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