-Pizzería Cheese Mass, ¿dígame?
-Hola buenas, quería
hacer un pedido a domicilio.
-Sí, dígame.
-Quería una pizza
familiar barbacoa y otra mediana de jamón y queso.
-¿Quiere el
ingrediente especial?
-¿Qué lleva el
ingrediente especial?
-Puede elegir entre
extra de queso mozzarella o borde de queso con masa extra grande.
-Pues... no sé. Pon
el extra de queso.
-Muy bien, ¿algo
más?
-Sí, quisiera una
bebida gratis.
-Las bebidas gratis
solo entran con el menú que incluye una pizza pequeña a elegir
entre barbacoa o cuatro quesos, patatas medianas y un refresco de
cola o de naranja.
-Pero yo la quiero
gratis. -enfatizó-
-Pues lo siento
señora, pero no puede ser si no pide el menú.
-Es igual, póngame
un refresco de cola y se lo pago a parte.
-¿Es todo?
-No. en la pizza
barbacoa no ponga mucha carne. No ponga nada de carne.
Se sorprendió -¿No
quiere carne en la pizza barbacoa?
-No. por favor, no
tarden.
-Espere, necesito su
domicilio para hacer la entrega.
Le dio la dirección.
-Muchas gracias, su
pedido estará en -colgó y la empleada continuó el resto de la
frase sola- media hora.
El repartidor llegó
disminuyendo su velocidad en un segundo. Aparcó y se bajó de la
moto. Abrió la caja donde se encontraba el pedido y lo cogió
dejando las llaves del cierre puestas. Se dirigió al timbre y llamó.
Era un edificio antiguo, no tendría más de unos sesenta y cinco
años. Los balcones estaban descoloridos y llenos de desconchones,
con barandillas oxidadas.
Una voz suave como
la seda respondió a la llamada.
-¿Sí?
-Hola, pizza Cheese Mass. -dijo en un tono monótono y aburrido que había repetido unos
quince minutos antes-
Abrió sin replicar.
Mientras Julio subía
las escaleras -no había ascensor y era un cuarto piso- pensaba en lo
deprimente que sería vivir en ese sitio. Las paredes eran un tono
lúgubre, un verde oscuro con florituras estampadas capaz de quitar
el ánimo al mismo Mickey mouse.
Pasaba los pisos y
le parecía estar atravesando un videojuego de los años 80. El
primer piso tenía dos puertas enfrentadas. Cada una de ellas tenía
una mirilla de color violeta del tamaño de un disco.
El segundo piso
tenía distintos tonos en la puerta. Pero contaba con una cosa que no
tenía el primero, las paredes -en un intento de mejorar la estética
interna del edificio, supuso- eran de un color pastel con cenefas de
papel azul claro, espantosas en su opinión.
Cuando llegó al
tercero la cosa cambió, era la tercera pantalla y la cosa debía
mejorar, o no. En el tercer piso, volvíamos al primero. Las mismas
mirillas gigantes y feas. El cuarto no supo que le deparaba, pero le
daba igual puesto que no estaría allí ni cinco minutos.
Había algo que no
le cuadraba en todo esto. Desde la tercera planta hasta el comienzo
de la cuarta le dio tiempo a pensar que la voz de la mujer que había
hecho el pedido, no cuadraba con el edificio. La voz era suave y el
edificio parecía albergar el cadáver de EL GRECO.
Por fin llegó y la
cuarta planta parecía otro universo dentro del edificio. No lo
entendía pero parecía encajarle un poco más que aquella voz
habitase en ese lugar. Solo había una puerta, era un ático y
desprendía alegría, ganas de vivir.
Llamó dos veces a
la puerta y dio un paso atrás. Mientras esperaba con el casco de la
moto puesto, oyó unas pisadas descalzas que se aproximaban. Se abrió
la puerta y una belleza le recibió. Se quedo un segundo embelesado y
reaccionó.
-Mmm, buenas noches.
Serán 17'95.
La mujer había
abierto con un vestido corto con transparencias, sin ropa interior
debajo, descalza y con una melena rubia al aire. Parecía que después
de cenar iba a tener sexo. Y así iba a ser.
Le entregó un
billete de 100 euros.
-¿Tiene cambio?
-susurró-
-No, disculpe,
cambio de un billete tan grande no tengo.
-Y...¿cómo lo
hacemos?
-No importa, pase un
momento a ver si encuentro algo.
La mujer pasó y
acto seguido el hombre, un metro por detrás. Agatha, que así se
llamaba la mujer, se posó buscando dinero en una cómoda enfrente
del muchacho.
El repartidor no
quería ser grosero, pero era inevitable observar sus preciosas
posaderas turgentes.
La mujer se percató
de ello por el rabillo del ojo y esbozó una sonrisa pícara. Se
giró.
-Mira chico, lo
siento mucho, pero no tengo cambio. Pero... -susurró aún más
lento- puede quedarse con el billete a cambio de...
-¿De qué señora?
-respondió con ansia-
-No, déjelo, era
una tontería, además no aceptaría...
-No no, dígamelo.
-insistió-
La mujer madura
sonrió y preguntó deseosa.
-¿Le importaría
tener sexo conmigo? Sé que suena raro, pero mire, llevo muchos años
sin probar...ya sabe. -se aventuró- pero entiendo que no quiera,
usted está trabajando...
El repartidor dejó
las pizzas encima de la mesa, se quitó el casco verde y amarillo de
la pizzería y se abalanzó metiéndole la lengua hasta la garganta a
aquella mujer. No sabía que era, pero esa dama tenía algo que
atraería hasta el último homosexual sobre la faz de la tierra. La
puerta se cerró violentamente que hasta resonó hasta el primer piso
por lo menos.
La mujer se quitó
el escaso vestido que le cubría apenas la barriga, dejando su pecho
al aire. Se revolcaron y forcejearon torpemente en una especie de
trance de lujuria.
Una vez hubieron
acabado, Agatha se encendió un Lazaga de diez centímetros, soltando
una bocanada de humo.
-¡Qué asco de
tabaco! Pensó para sus adentros.
Agatha le ofreció
quedarse a cenar las pizzas que había traído consigo.
-No sé, llego tarde
al trabajo. -reprochó-
-Pero, ¿te quedaba
algún reparto?
-No.
-Pues estupendo
entonces, quédate va, lo pasaremos bien -le dijo con una sonrisa muy
atrayente en el rostro-
-Pues mira, me
quedo, y si me dicen algo me voy, la verdad que estoy cansado del
trabajo, y encima está mal pagado.
-Estupendo. Un poco
de compañía no me vendrá mal.
Julio no dejaba de
verla con aires de lascivia, como si lo que acababa de ocurrir le
hubiese sabido a poco.
Se sentaron a cenar
en una mesa que parecía sacada del siglo XVII. Uno en un extremo y
la otra en el otro, solo les unía una vela casi derretida con una
llama que en unos minutos estaría muy débil.
-Y cuéntame, ¿qué haces trabajando en esa pizzería? -dijo con desprecio-
-Pues mira, mis
padres no pueden pagarme la universidad y tengo que trabajar
-respondió entre dientes mientras masticaba un trozo de pizza con
extra de mozzarella- ¿y usted?
-¿Yo que?
Le dio otro bocado y
prosiguió -¿vive sola o tiene marido?
-Soy un alma libre,
una hoja movida por el viento.
-Eso está muy bien
-masticaba deprisa- yo de mayor quiero ser como usted -se percató de
que eso podía ser una ofensa- No o sea de mayor me refiero a su
edad -veía que lo
entorpecía cada vez más- ya me entiende, ¿qué
edad tiene usted?
-300 años -afirmó-
Un trozo de
mozzarella salió disparado de la boca del repartidor mientras le
daba un ataque de tos.
-¿300? pues se
conserva muy bien -bromeó-
La cara de Agatha no
se movió un ápice. Aquello parecía no hacerle gracia pero lo
disimuló muy bien.
-Agatha, no está
comiendo nada.
-No tengo hambre
-suspiró-
-¿Y entonces a
santo de qué pide unas pizzas?
-Porque supe que
alguien me haría compañía.
Se acabó el último
trozo y abrió la caja que contenía la pizza barbacoa.
-¡Mierda! -exclamó-
-¿Pasa algo?
-preguntó curiosa-
-Sí. Esta pizza
solo sabe a tomate y queso rancio.
-La mujer sonrió
mientras se tocaba un mechón de pelo y lo rizaba -Es que no me gusta
esa carne.
-¿Y cuál si?
-La que preparo yo
para las pizzas. ¿quieres?
Se encogió de
hombros y asintió mientras seguía comiendo.
La mujer trajo
consigo un plato con lo que parecía carne picada, que tenía muy
buena y jugosa pinta. Lo puso por toda la pizza barbacoa y ambos
comieron gustosamente.
-Mmmm -dijo con
agrado- esto está delicioso, ¿de dónde lo ha sacado?
-De un hombre
-asintió-
El repartidor sonrió
-No, en serio, ¿dónde?
-Es cerdo ibérico,
lo hacen en mi pueblo muy bueno y este año me he pasado por allí y
me he traído uno. ¿está bueno verdad? -dijo mientras masticaba
otro pedazo de pizza.
-Sí, la vedad.
Agatha seguía
masticando y se le cayó la dentadura postiza en el plato, a lo que
el repartidor reaccionó yéndose rápidamente al baño a (a juzgar
por los sonidos) vomitar.
La mujer sonrió
mientras con un tenedor limpiaba los restos de comida de los dientes
y se la volvía a colorar.
El chico, una vez
hubo echado la papilla, se limpió con la mano y se miró al espejo
como un vagabundo después de un caluroso día. Se lavó la cara con
agua y cerró los grifos. Cogió la toalla y se secó la cara por
encima.
-¿Te encuentras
bien? -gritó preocupada Agatha-
-Sí -respondió-
enseguida estoy allí.
Dejó la toalla en
su sitio y antes de marcharse oyó un ruido cerca de la bañera.
Corrió la cortina y sus ojos se abrieron de tal forma que parecía
un dibujo animado japonés. Un hombre ensangrentado y con la barriga
abierta se encontraba allí tirado y lleno de agua roja.
El repartidor se
asustó mucho y cerró la puerta del baño como señal de protección.
-¿Pasa algo cielo?
-preguntó con ironía-
-¿QUÉ ESTÁ
PASANDO? ¿ES UNA BROMA? -gritó mitad enfurecido mitad preocupado-
-Yo nunca bromeo.
Esta vez la voz de
Agatha sonó al otro lado de la puerta y no desde el comedor como
hacía veinte segundos.
El chico, se aferró
a la puerta asustado y gritó. -¡Déjame salir puta loca!
No se oyó nada más
que una ligera risa. No se oía nada. Un silencio enorme invadía el
miedo del repartidor.
Pasaron cinco
minutos y allí no parecía que hubiera nadie. Abrió un poco la
puerta para ver por un ojo si estaba allí, pero no. Salió sin hacer
ruido y soltó una arcada del cambio del olor del baño con el del
pasillo y se dirigió al comedor. Cogió su casco y se dirigió a la
puerta, la abrió y una voz le habló.
-¿Me quieres
abandonar tu también? -dijo Agatha con un aire de reproche-
La cara de Agahta
había envejecido. Ya no era la señora rubia y preciosa que le había
recibido para pagar unas pizzas. Su tez era pálida y arrugada. Sus
dientes estaban amarillentos, algunos los tenía largos y otros
simplemente no estaban. Tenía dos verrugas en el ojo derecho que
casi ni podía abrir. Estaba desnuda completamente.
El chico gritó con
mucho miedo y la puerta se cerró de nuevo violentamente con un gesto
de aquella mujer con la piel muy tostada, quemada diría.
Julio no sabía si
estaba realmente viendo aquella escena tan grotesca.
La desnuda anciana
se aproximó y con su lengua pútrida le cruzó la cara dejando una
baba densa, como la de un Bulldog. El chico vomitó sobre la alfombra
deshilachada de color marrón.
-¿QUIÉN ERES?
Ahora, pensándolo
mejor, si fuera por él, habría estado cinco años más en la
pizzería, pero no fue así. La bruja le mordió la lengua y lo dejó
que se desangrara y cuándo no pudo gritar más de dolor, le arrancó
los ojos con la uña que medía más de cinco centímetros. Lo devoró
y le vino a la memoria un recuerdo pasado.
Esa misma escena, o más
bien parecida, había ocurrido 300 años atrás, solo que aquella vez
la inquisición la había quemado viva por bruja. Juró vengarse y
desde entonces es lo que está haciendo.



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