06:27 A.M.
Un sonido
ensordecedor invadió la habitación por completo. Un brazo se
alargó a través de las cuatro mantas y la colcha de color verde que
le había regalado su madre, y presionó el botón con gran ansia. En
cuanto la planta del pie izquierdo aterrizó en el frío suelo de
aquella habitación tan helada por el frío invierno, supo que la
mañana iba a estar muy poco tranquila.
06:34 A.M.
Decidido a afrontar
la atareada mañana con (pocas) ganas, se dirigió al cuarto de baño
y ahogó su rostro en una pequeña balsa de agua tibia. Al levantar
la cabeza, los chorros de agua recorrían su tez y acto seguido,
mojando todo el suelo, alcanzó una toalla y se la restregó por
encima.
Al salir de la
habitación, se torció el tobillo levemente por el agua que lo había
intentado despertar un poco más. Se repuso soltando un pequeño
grito -¡oh! Y se acercó al cajón a colocarse una tobillera. Se
vistió con la ropa del día anterior y con desgana paseó
arrastrando los pies hasta la cocina para desayunar cualquier cosa.
06:46 A.M.
Resoplando sobre el
fregadero, fue a coger el móvil que sonaba una y otra vez desde
hacía cinco minutos, alguien le reclamaba. No había dormido
prácticamente en toda la noche (debido a la fiesta que tenían
montada los vecinos, que durante más de tres horas estuvieron
poniendo música heavy, la cosa luego se calmó y durante las últimas
cuatro horas solo ponían reggaeton) y se había levantado con un
sabor amargo, con mal carácter. Su mujer le reclamaba. “No
t olbides de llevar a los niños al cole, yo n llego a tiempo”
dejó el teléfono
sobre la mesa y se fue a despertar a sus hijos.
07:14
A.M.
Mientras
preparaba dos sandwiches de pavo y queso, el móvil no dejaba de
vibrar reiteradamente. Alguien le volvía a reclamar, de nuevo su
mujer. “Al
final n me da timpo ve t al mdico y pide
cita”.
Guardó
el teléfono en el bolsillo de su sucio pantalón marrón y sus hijos
preguntaban por el desayuno. -Eso no me gusta papá -aventuró el
hijo menor- yo quiero cereales de chocofrutas.
-Lo
siento Luis, pero es lo que hay, ya iremos a comprar los chocofrutas
otro día.
El
teléfono volvió a sonar, de nuevo la mujer. “N
te olbides d comprar tmbn los chocofrutas de Luis, y ya q stas cmpra
tmbn algo de pan, arroz, bolsas d basura y n poco d aceit”.
No había levantado la vista del teléfono cuando su hijo mayor le
estaba preguntando por los bollos rellenos de crema.
-Papá,
¿papá me estás escuchando? -dijo cabreado-
-Sí,
hijo, espera un momento que le estoy hablando a tu madre -dijo algo
embobado-
-Joder
papá, nunca me haces caso -dijo cabreado mientras se cruzaba de
brazos-
Estaba
escribiendo y el teléfono cortó la escritura con una llamada, su
jefe Antón.
-¿Dime
Antón?
-Miguel, vente hoy antes que hoy tenemos mucho curro.
-¿Hoy?
No puedo, tengo que llevar a los niños al colegio y comprar después
unas cosas antes de pasarme por el médico.
-Lo
siento, pero estamos hasta arriba y te necesitamos. -dijo con
descarada apatía-
-Haré
lo que pueda, pero es mi mañana libre y no sé si llegaré a tiempo
.
-Vale,
adiós -colgó-
Su
hijo pedía chocofrutas y su otro hijo exigía un poco de caso, pero
su padre estaba respondiendo a su madre mientras una gota de sudor
recorría verticalmente su cara.
-Espera
hijo, ¿tu sabes como va esto? -le mostró el móvil-
-Déjame
papá -soltó enfadado-
La
mañana no empezaba bien, entre que apenas había dormido, su mujer
le había llenado de recados, su jefe le necesitaba y sus hijos
estaban enfadados, intuía que su mañana iba a ser muy turbulenta.
07:50
A.M.
Quedaban
diez minutos para entregar en el colegio a sus hijos y así poder ir
a toda prisa a comprar, le daría tiempo a pasar por el médico y
finalmente irse a trabajar. Llegó a la calle central del pueblo y se
topó con una situación que no le apetecía nada. Un atasco. Llegó
allí y un mar de coches cortaba el tráfico. Sus hijos no paraban de
pelearse en el asiento de atrás, discutiendo sobre si a Luis le
gustaba Silvia o Elena. El hermano mayor, arrimó su mano a la cara
de Luis y le dio con fuerza, a lo que Luis respondió llorando y
reclamando a su padre que le amonestara. -Niiiiños... portaos
bien -dijo con la mirada perdida-. El atasco no avanzaba y pasaban ya
diez minutos de la hora de entrega. Los
coches pitaban alterados mientras el teléfono sonaba, pero no se dio
cuenta debido al ruido externo.
Avanzó veinte metros más y volvió
a pararse. Cogió el móvil de casualidad mientras sus hijos seguían
discutiendo, que sonaban al simultáneamente
con los pitidos de fuera, como si fuesen los coros de una canción.
Para
su sorpresa, su teléfono tenía pendientes, siete llamadas a medias
entre su mujer y su jefe y veinticinco mensajes. Los ojeó así por
encima, el ruido de todo no le dejaba concentrarse y volvió a sudar.
Su jefe le reclamaba ayuda, sino habría consecuencias. Su mujer que
se diese prisa si no había llevado aún a sus hijos, y que por favor
le respondiera, que estaba preocupada. Los mensajes eran promoción
de la compañía. Lo dejó en el asiento del copiloto y avanzó otros
quince metros más. Estuvieron cerca de media hora en el tráfico y
por fin llegaron a clase.
Aparcó en doble fila. Su hijo Luis le dio
un beso en la mejilla, su hijo mayor no porque consideraba que ya era
demasiado mayor para eso. El
abrigo de Luis se enganchó al bajar con la puerta y no podía
quitarlo. El coche de atrás pitaba, el móvil sonaba y su hijo se
ponía nervioso. Al final pudieron quitarle el enganchón y se
preparaba para continuar su ajetreada mañana, pero una voz le paró.
-Espere señor -gritó la profesora de uno de los chicos- necesito
hablar con usted.
-¿Es
urgente? Llevo mucha prisa -dijo desesperado-
-Sí,
es sobre su hijo mayor. ¿Podría bajar y hablamos en el despacho?
El
padre aceptó a regañadientes, pero hizo caso.
08:50
A.M.
-Espere
ahí por favor, no tardaré -le dijo la profesora que abandonó la
sala para llevar a sus alumnos al aula. El padre de los niños,
observaba los murales hechos con hojas resecas del patio mientras
sonaba su móvil. De nuevo su jefe reclamándole, que ya estaba harto
y que necesitaba su trabajo. Además de jefe, eran amigos, de ahí
que se hablasen con tanta confianza.
La profesora tardaba demasiado
para el tiempo disponible de Miguel, por lo tanto se disponía a
abandonar el recinto.
-Espere señor, ya estoy con
usted -dijo mientras bajaba las escaleras corriendo-
-Lo siento señora, de veras que
tengo mucha prisa. Lo comentaré a mi mujer y ella vendrá a hablar
con usted enseguida.
-Solo será un minuto. Le
explico brevemente. Su hijo, últimamente está distraído. No hace
los trabajos, no colabora con su equipo de clase, se comporta mal con
sus compañeros y insulta a todos los que le llevan la contraria.
¿sabe si le pasa algo? Si... -una llamada de teléfono cortó la
charla-
-Miguel, de verdad no te lo
repito más, que vengas cagando leches que es de máxima urgencia.
-Vale. -colgó-
-Mire señorita, no tengo el
tiempo suficiente para gastarlo con usted, así que si es tan amable,
deje irme y lo hablaré con mi mujer -dijo mientras abría la puerta
de la salida-
09:27
A.M.
Tardo
otra media hora en llegar al centro de salud. Una vez estuvo allí
vio una cola de más de treinta personas. Su mente estaba apunto de
estallar. El teléfono seguía sonando y allí solo se oían los
rumores de la gente y de los señores mayores que estaba allí por
gusto. Le dijeron que esperase en la sala de espera.
-No, si yo solo quería pedir
cita para... -le interrumpieron-
-Lo siento , estamos hasta
arriba, espere en la sala y enseguida le atenderemos.
Miguel entró a la sala de
espera y tuvo que esperar de pie, claramente estaban todos los
asientos ocupados y aún así la gente se amotinaba hasta la puerta.
Salió de la sala y esperó de pie mientras esperaba entre murmullos
y ruidos de las máquinas de radiografías.
Atendió una llamada de su
mujer.
-¿Has ido ya al médico y a
comprar? ¿tenían los chocofrutas? ¿porque no me respondes a las
llamadas y mensajes? ¿pasa algo?
Colgó el teléfono. Su cabeza
hacía rato que le dolía y estaba apunto de venirse abajo.
La gente iba pasando, las
llamadas seguían produciéndose y aún no le tocaba el turno. Le
dieron ganas de llorar.
11:27 A.M.
Por fin le tocaba el turno.
Había esperado dos horas para pedir cita. Tenía pensado acudir
primero al supermercado, pero el médico le pillaba mas cerca.
Quedaban solamente seis personas y le tocaría a él. Estaba feliz, o
eso creía. En unos veinte minutos le tocaría y por fin sería libre
para volar a comprar y al trabajo. Una llamada sonó.
-Mira Miguel, llevas mucho
tiempo aquí y somos amigos, pero eso no te da derecho a faltar
cuando te salga de las pelotas. No es la primera vez que pasa y me
veo en la obligación de darte un ultimátum.
Si en media hora no estás aquí, me veo en la obligación de buscar
a otro para tu puesto.
-No, espera, te prometo que no
tard... -colgó-
Pasaron diez minutos y por fin
le tocaba. Estaba apunto de entrar a pedir cita cuando una avalancha
de personas “urgentes” invadieron el centro.
-Lo siento, lo suyo no es una
urgencia,
si quiere pedir cita espere a su turno.
Se vino abajo con una sensación
de rabia, impotencia y odio.
-¿Y... -titubeó- será eso
mucho tiempo?
-Tres cuartos de hora calculo.
Abandonó el edificio dando un
portazo y gritando.
12:03
A.M.
Llegó con la vena del cuello hinchada y con una cara de león
hambriento al supermercado. Deambulaba como un zombie por los
pasillos buscando lo que su mujer le había pedido. Por supuesto, el
supermercado estaba lleno. Rompió a llorar mientras golpeaba el pan
de molde contra los tarros enlatados de verduras asadas. Una señora
se quedó mirando y este le respondió.
-¡USTED QUE MIRA VIEJA DE MIERDA! -dijo con furia-
La señora se asustó y huyó por el pasillo del agua.
Tenía todo en la cesta y se dirigió a la cola. Más de ocho
personas esperaban ser atendidos por una cajera bastante fea. Tenía
gafas enormes, nariz aguileña gruesa y unos labios carnosos capaz de
atrapar una mosca a quince centímetros.
Se puso al final de todos y comenzó a sudar. La gente le rozaba todo
el rato al pasar a su lado y el cada vez tenía más ganas de gritar.
Hacía veintidós minutos que había sido despedido y su cabeza no
daba para más. Parecía otra persona. Él era un hombre bueno,
bastante sumiso, nunca levantaba la voz ni decía una palabra más
alta que otra. La persona del supermercado era totalmente lo
contrario.
Quedaban dos para su turno y la señora de delante dijo.
-¡AY! Se me han olvidado los espárragos, ahora vuelvo. -y se fue a
por ellos haciendo apartarse a Miguel, que apenas cabía en la caja
debido a su anchura.
Estaba ausente. Su cara era un cuadro. Realmente daba miedo.
La señora regresó y empujando a la gente (incluido Miguel) y
colocándose en su mismo puesto de antes.
-Señora, ahora voy yo, ¿no lo ve? -dijo como si fuese la antesala
del infierno-
-Perdona caballero pero yo estaba aquí antes que usted. Si no le
gusta lo siento, pero espere su turno. -dijo orgullosa-
En la última frase de la señora un click se activó en la mente de
Miguel. 1...2...3... quiso contar hasta diez pero dentro de sí
pensó: ¡A la mierda! Y acto seguido dio un grito que oyó toda la
parte delantera del supermercado.
Miguel estaba fuera de sí. Después del grito agarró por el pelo
canoso de la señora y la balanceó hacia delante y atrás varia
veces estampando su cara sobre la cinta de la caja. La señora
ensangrentada cayó al suelo. Su teléfono volvió a sonar y la gente
gritaba. Saltó por encima de la cinta y le dio una patada en la cara
a la cajera. La cogió también del pelo y puso su cara en la cinta
esperando que llegara a su fin y la cinta se tragase su rostros
arrancándole la piel. También falleció. No contento con esto,
siguió gritando como un cerdo apunto de ser ejecutado. Cogió el
bote de espárragos y lo estrelló en la cabeza del señor de sesenta
y cinco años que era atendido pacientemente. Miguel se sentía
eufórico. Nunca había tenido esa sensación de poder y eso le
gustaba. Quería más. Y más. Y más.
Los agentes de seguridad
acudieron de inmediato a la tercera muerte y con las porras
comenzaron a golpear a Miguel que se defendía como podía. La pela
se extendió hasta el pasillo de los congelados. Una porra golpeó la
cabeza de Miguel mareándolo. Se repuso y agitó la nevera donde se
guardaba el pescado y esta cayó encima del guardia aplastándolo y
matándolo.
La policía llegó. El ambiente era disperso. Ancianos tirados en el
suelo muertos. Gente más joven grabando todo con el móvil y la
policía apuntando con armas de fuego a Miguel. Dieron el aviso pero
no hizo caso. El primer impacto alcanzó su rodilla derecha. Se
levantó muy dolorido, intentaba tirar otra nevera encima del otro
guardia mientras éste le golpeaba con la porra. El segundo disparo
alcanzó su brazo, cayendo al suelo por el impacto.
Se levantó una
tercera vez y cogió una bolsa de pescado duro que había tirada de
la nevera del otro guardia. La cogió y machacó la cabeza del
guardia que quedaba, provocando un charco denso y abrumador. El
último golpe sobre el guardia determinó el tiro decisivo.
12:26 A.M.
El impacto en la cabeza terminó
con su vida cayendo violentamente sobre la nevera que había tirado
extendiendo el charco de sangre que
él mismo había provocado.



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