domingo, 5 de junio de 2016

Y beber hasta la muerte. Parte 1

¿Os habéis dado cuenta que la vida nocturna es mejor? Al menos en mi mundo.

-Hueles bien, debes saber bien. Déjame probarte.

Os resumiré un poco esta historia antes de llegar a la frase anterior. Poneos en situación de una chica normal, de quince años. Clases, amigas, novios etc.Mis padres eran carniceros y la verdad que no les iba nada mal. 

 Todos los domingos volvían de preparar la mercancía del día siguiente a las once de la noche mientras yo les esperaba leyendo libros de amor con un sandwich de queso encima de la mesa. 

Ese día se retrasaron. Les llamé varias veces sin respuesta.
Llamé a mi hermano para ver si estaban juntos, pero últimamente con su novia estaba muy despistado y no me dio señales de vida. No me quedó más remedio que ir al local donde preparaban las piezas con el kilo y medio de carne que les faltaba. 23:45 y yo en la calle. En pleno febrero, ya os imaginaréis, asustada y en la calle una negrura que seccionaba hasta las pequeñas luces de la farmacia.

Al cruzar el vagón del metro, en la parte izquierda, vi que un encapuchado se me acercaba. Me hice la loca pero ese tío me susurró algo y se marchó.
“Vivirás en la oscuridad total con sed eternamente”
¿Qué querría decir aquella frase? no lo sé, pero pasé del tema y me bajé corriendo. A diez minutos de llegar al local, recibí una llamada.

-Cariño, no hace falta que vengas, ya estamos llegando a casa.

-Es que ya he salido mamá, jo.

-Bueno, no te preocupes, ahora va papá a por ti.

Esperé y esperé hasta que por fin, vi las luces de un coche en ese callejón sin vida.
Un señor se bajó del coche, se acercó a mi y susurró:

-Hueles bien, debes saber bien. Déjame probarte.
Y me mordió el cuello. De nada me sirvieron los patéticos gritos. La mordida me dejó afónica.

El hombre se fue y a los cinco minutos llegó mi padre. Yo me tapaba el cuello con la bufanda, porque no había sido un mordisco pequeño, pero tampoco tan grande como para no poder ocultarlo, me dio vergüenza y prefería callarme por si me decía algo mi padre, no quise problemas pero estaba realmente nerviosa. 
Llegamos a casa y me fui directa al cuarto. Una vez dentro, me desplomé sobre la cama. Me ardía el cuello. Era un dolor insoportable.

Mis ojos se volvieron negros y yo emitía unos gritos desgarradores. ¿qué me pasaba? No lo sabía. En pleno febrero a -3º y yo desnuda. Era evidente que algo me pasaba. Ahora me tocaba descubrir el qué.


Pasaba el tiempo y me recluía de mi gente. Dejé a mi novio, también dejé de lado a mis amigas. Apenas salía y había días que ni miraba a mis padres. 
Constantemente tenía sed. Podría beberme en tres días, ochenta o noventa litros de agua y aún así seguía sintiendo una sed terrible. 

Dejé de salir a la calle, el sol me producía unos picores horribles, no lo podía soportar.

 Era como si tuviese avispas africanas por todo el cuerpo. 
Hasta aquí yo no entendía nada, pero un día... un día me sorprendía a mi misma mordiendo a mi perra. La dejé seca. 

Yo evidentemente sabía que eso no estaba bien pero aquel trago de sangre me dio cinco años de vida. Me supo genial. Ahí empecé a comprender que me pasaba, y que yo...podría ser algo parecido a lo que llamamos vampiro.

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