domingo, 18 de septiembre de 2016

Antes de irme a dormir

Todas las noches antes de irme a dormir, mi madre me daba un beso en la frente, me dibujaba una cruz con el dedo sobre el corazón y me decía:

-Con los ángeles irás, y si todo va bien, no volverás. Con seis años ninguna niña da importancia a este tipo de cosas.

Todas las noches, antes de irme a dormir escribía dos o tres palabras con las que ese día me había sentido identificada. “Contenta” “Hambre” “Enfadada” eran algunas que solía poner. Hasta que llegaron las otras. “Cuerda” “Sangre” o “Miedo” entre otras que no debería haber escrito una niña de seis años.

Todas las noches una cuerda bajaba colgada de la lámpara de mi habitación que solía venir acompañada de un gruñido extraño. Shhh grrr shhh grrr.

Todas las noches mi frente desprendía un líquido un poco denso. Creí que era sudor, pero un día me froté ligeramente con la mano, encendí la luz y descubrí que era de color rojo. Mis manos temblaban, mi cuerpo también. 

Una de aquellas noches, no pude mas y me oriné sobre las sábanas. Desde la lámpara, una cuerda bajaba todas las noches. Algunas aparecía con una silueta oscura parecido a una niña pequeña, otras bajaba sola. Le confesé a mi madre el secreto que me tenía aterrada y con una sonrisa me dijo.

-Hija, es tu ángel particular. Con los ángeles irás, y si todo va bien, no volverás.

Yo seguía sin entenderla pero mi terror seguía muy vivo, cada noche más.
Emitía gritos ahogados que requerían la ayuda de mi madre. Nadie acudía a mi habitación salvo una cuerda.


La cuerda y el frío sudor rojo me acompañaron durante muchas noches en aquél invierno infernal. La única noche que alguien acudió a mi, fue mi madre. 

Entró justo cuando la cuerda bajaba. La luz no se proyectaba en ella, parecía una sombra. Yo fingía estar dormida mientras ella me destapaba y el frío acudía a mi. Me cogió en sus brazos. No quería abrir los ojos cuando noté que me colocaba un collar alrededor del cuello, era una sensación agradable y relajante la de estar en los brazos de mi madre. Abrí los ojos y sentí un golpe seco. A partir de ahí no recuerdo nada más. 

Solo sé que lo último que pude escribir en la libreta la noche en que me fui con los ángeles fue: AYUDA.

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