Todas
las noches antes de irme a dormir, mi madre me daba un beso en la
frente, me dibujaba una cruz con el dedo sobre el corazón y me
decía:
-Con
los ángeles irás, y si todo va bien, no volverás. Con seis años
ninguna niña da importancia a este tipo de cosas.
Todas
las noches, antes de irme a dormir escribía dos o tres palabras con
las que ese día me había sentido identificada. “Contenta”
“Hambre” “Enfadada” eran algunas que solía poner. Hasta que
llegaron las otras. “Cuerda” “Sangre” o “Miedo” entre
otras que no debería haber escrito una niña de seis años.
Todas
las noches una cuerda bajaba colgada de la lámpara de mi habitación
que solía venir acompañada de un gruñido extraño. Shhh grrr shhh
grrr.
Todas
las noches mi frente desprendía un líquido un poco denso. Creí que
era sudor, pero un día me froté ligeramente con la mano, encendí
la luz y descubrí que era de color rojo. Mis manos temblaban, mi
cuerpo también.
Una de aquellas noches, no pude mas y me oriné
sobre las sábanas. Desde la lámpara, una cuerda bajaba todas las
noches. Algunas aparecía con una silueta oscura parecido a una niña
pequeña, otras bajaba sola. Le confesé a mi madre el secreto que me
tenía aterrada y con una sonrisa me dijo.
-Hija,
es tu ángel particular. Con los ángeles irás, y si todo va bien,
no volverás.
Yo
seguía sin entenderla pero mi terror seguía muy vivo, cada noche
más.
Emitía
gritos ahogados que requerían la ayuda de mi madre. Nadie acudía a
mi habitación salvo una cuerda.
La
cuerda y el frío sudor rojo me acompañaron durante muchas noches en
aquél invierno infernal. La única noche que alguien acudió a mi,
fue mi madre.
Entró justo cuando la cuerda bajaba. La luz no se
proyectaba en ella, parecía una sombra. Yo fingía estar dormida
mientras ella me destapaba y el frío acudía a mi. Me cogió en sus
brazos. No quería abrir los ojos cuando noté que me colocaba un
collar alrededor del cuello, era una sensación agradable y relajante
la de estar en los brazos de mi madre. Abrí los ojos y sentí un
golpe seco. A partir de ahí no recuerdo nada más.
Solo sé que lo
último que pude escribir en la libreta la noche en que me fui con
los ángeles fue: AYUDA.

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