domingo, 30 de octubre de 2016

Sábado

Se acercaba la hora de comer, pero todavía le quedaba por delante más de media de trabajo. Si aceleraba un poco más, podría salir cinco minutos antes.

Su alegría era notable al ver que tenía por delante un estupendo fin de semana. No había tenido tiempo para quedar con sus amigos, pero después de comer se pondría en contacto con ellos para un sábado de fiesta.

Como si llevase días sin comer, devoró el filete con patatas que su madre le había preparado. Al acabar, marcó con alegre prisa el número de teléfono de su amigo.

-Lo siento tío, no sabía nada. Un abrazo enorme, ya nos veremos.
Colgó el teléfono desilusionado.

-¿Qué pasa hijo?

-Nada. La abuela de Alonso ha muerto esta mañana.

-Oh, vaya. Lo siento cariño.

Pensó unos minutos y marcó otro número.

-¿En serio? No, no me enfado, bueno sí, pero con la situación. Ya podríais haber avisado. Vale, sí. Anda, pasadlo bien, ya nos veremos.

-¿Nada? -colgó.

-Nada. El primer sábado que tengo libre en dos meses y todos tienen plan.

-Bueno, todos no hijo. Tu no.

-Muy graciosa mamá. -lanzó el teléfono al sofá y se sentó de brazos cruzados en la silla para ver si se le ocurría una idea mejor.

Se frotó la nariz y una idea parecía haber aflorado. De nuevo marcó el teléfono.
-Vale, sí claro. Venga, luego os digo algo, adiós. -colgó.

-Al final tienes plan, ¿eh hijo? -dijo guiñando un ojo.

-Sí, pero el plan que tienen de ponerse a beber en un parque, pues no. para eso me quedo en casa.

-Bueno, mejor así, más recogido.

Pasó la tarde muy tranquila. Después de comer se dio una ducha, que a juzgar por el olor de la jornada laboral le hacía mucha falta, y después se echó una siesta de más de dos horas. A las ocho de la tarde se bajó a comprar un paquete de tabaco mientras paseaba a su perra, Lily. Antes de subir a su casa, alargó por unos minutos más su paseo para fumarse unos de los cigarrillos Catbrel.
Subió a su casa y cenó con sus padres, después se fue a su habitación para ver de qué manera pasaba la noche.

Estuvo un rato escuchando música y la paró para echarse un cigarro. Se dio cuenta que su madre no toleraba el tabaco, por lo que se lo guardó de nuevo. Le apetecía ver alguno de los documentales conspiranoicos que tanto le gustaban, pero decidió buscar relatos de terror.

-Fue muy sonado en la época. Algo demasiado sangriento ocurrió en los años 90. Ocurrió en este mismo instituto una mañana de un nublado viernes 13 de marzo.
Yo lo llamo la masacre de Coval de la sierra, aunque popularmente se conoce como “la leyenda de Wes wan”.

Wes wan era un chaval normal, americano y de descendencia japonesa que vino a España con sus padres para vivir una nueva vida. Era un chico alto, muy delgado y con unas gafas de color rojo que siempre se ajustaba con el dedo índice...”

No le convencía mucho lo que estaba leyendo y cerró la página.
-Vaya mierdas escribe la gente -se dijo a sí mismo mientras seguía buscando relatos en el blog que había encontrado.

Estuvo media hora más leyendo relatos que no le enganchaban. Pensó en que le apetecía. Observó su estantería llena de libros (la mayoría de Stephen King) pero no le apetecía leer en ese momento. Se dirigió a la habitación de su hermana, que era la mayor cinéfila de la casa.

-¿Qué haces aquí?

-Vengo a cogerte alguna película de terror.

-Pilla la que quieras y lárgate, estoy ocupada.

-Qué humor... -dijo mientras observaba de arriba a abajo la estantería.
La semana próxima era Halloween y creía conveniente ya que no iba a salir, ponerse una película de terror. Salió del dormitorio de su hermana con cuatro películas distintas.
Metió el Deuvedé en el reproductor y se acomodó en la cama.

La banda sonora que presentaba Halloween, le indicó que no quería ver esa. Hacía poco tiempo que la había visto por lo que se levantó y la cambió.
El grito aterrador del inicio de Scream, le indicó que tampoco era el momento. Se dio cuenta que se pusiera la que se pusiese, no iba a querer verla.
Abrió la puerta de su habitación y emitió un leve silbido. Su perra no tardó en acudir a la llamada mientras meneaba el rabo a toda velocidad.

-¿Qué pasa Lily? -decía en tono infantil mientras la acariciaba- ¿nos vamos a la calle? -La perra se dirigió a toda velocidad hacia el cajón dónde tenían su correa. Se la puso y se fue a la puerta. Pensó antes en el paquete de tabaco, se lo guardó en el bolsillo y se fue.
Las nubes anaranjadas dejaban entrever la tormenta que caería unas horas más tarde. Al llegar a las afueras del pueblo, se dio cuenta de que sus pensamientos le habían llevado lejos de casa sin siquiera darse cuenta. Ahora se encontraba en un enorme campo abandonado. Lily, correteaba con una piña reseca en la boca mientras daba muestras de la alegría que le daba salir de noche.

Avanzó por el campo completamente oscuro, y siguió hasta un recinto abierto, pero privado. Nada ni nadie interrumpía el silencio. Ni un solo coche, ni una sola persona, para ser un sábado de madrugada era raro que no hubiese nadie con botellas de alcohol y vasos de tubo en la mano.

Unos metros por delante, Lily comenzó a ladrar con rabia, como nunca lo había hecho. Asustado, corrió para ver que sucedía. Una lluvia fina caía con prisa, al mismo tiempo que dos de las farolas parpadeaban en un debate sobre si fundirse o no. Normalmente, a Lily no le gustaba mojarse y cada vez que llovía, salía corriendo, pero no esta vez. Sorprendido, llegó para coger a su perra que continuaba con sus ladridos.

-¡Llily para! Para, no son horas -decía mientras la sujetaba e intentaba ponerle la correa.
La perra, persistía en su cruzada por avisar a su dueño.
No se dio cuenta, pero al girar la cabeza, un escalofrío recorrió su espalda. Bajo el cielo anaranjado y la lluvia fina que cada vez caía con más fuerza, un hombre vestido de payaso sujetaba en una mano un grupo de globos de colores y en la otra, un cuchillo de muchos centímetros, ensangrentado. Le sonreía de una manera un tanto siniestra.

No se esperaba esa visión. Miró durante unos segundos a aquel hombre vestido de payaso y avanzó por la acera con su perra ladrando.

-Vamos Lily.

Tiró la mitad del cigarro que estaba fumando y su paso aceleró notablemente.

El payaso, le seguía a un paso menos ligero, pero constante, emitiendo una melodía infantil, que dadas las circunstancias era una situación muy macabra.
Avanzaba deprisa por la acera. El payaso le hizo una pregunta que le descolocó.

-¿Quieres un globito?

No respondió. Simplemente avanzó.
Se giró para ver si aún le seguía, y no solo vio que sí, sino que el hombre vestido de payaso, además de seguir con la melodía infantil, comenzó a dar unos saltos que formaban un baile muy extraño.

Soltó una gran carcajada que hizo al chico dar un pequeño sobresalto.

-¡¡Coge el globito!! -gritó el payaso.

Cogió a su perra en brazos y huyó corriendo lo más deprisa que pudo. El animal continuaba ladrando y moviéndose, lo que hacía más complicado llevar a su perra en brazos.
En uno de los bordillos que daban paso al descampado, tropezó y cayó encima de Lily. La recogió de nuevo a toda velocidad para huir, pero cuando se dio la vuelta para marcharse, se encontró de frente con el payaso, que se inclinaba hacia él con una sonrisa que se esfumaba por momentos para dar paso a un rostro serio, que se endurecía aún más con el maquillaje blanco y raya negra en medio que tenía pintado en la boca.

-¿Quieres un globito? -ofreció.

El chico no respondió. No supo que decir. Lily se abalanzó a morder la pierna. Forcejeaba con el animal, lo que dio tiempo al chico a levantarse y huir. Cuando le sacaba unos metros de distancia, llamó a su perra: -¡Lily ven, corre!

El payaso levantó el cuchillo ensangrentado para hundirlo en el animal, pero ésta, huyó a toda velocidad con su dueño. Al trote, la perra saltó a los brazos de su dueño, la cogió y huyeron. El payaso corría a toda velocidad detrás de ellos sin soltar los globos.
-¡¡Coge un globito!! -gritó.

Lily y su dueño, sin mirar atrás, avanzaron hasta llegar a una avenida repleta de luz y gente. Cuando se dio cuenta, ya no le perseguía ningún payaso. Su corazón latía con tanta fuerza que llegaba a doler.
Antes de llegar a su portal, se encendió un Catbrel con la mano temblorosa. No sabía si se trataba de una broma o era real, pero nunca había sufrido un susto como el de hacía minutos atrás.

Aplastó la colilla con el talón y metió las llaves en la cerradura. Subió a su casa y al llegar a su habitación se tumbó con el gesto frío, pálido. No paraba de darle vueltas a lo sucedido, entre pensamientos su conciencia se desvaneció a un sueño profundo.

Al despertar de aquella auténtica pesadilla, se levantó y se encendió otro Catbrel, sin importarle lo que su madre le diría. Su dolor de cabeza era muy notable y le daba igual todo. Dio una calada y se tumbó mirando al techo. Soltó el humo y se fijó en algo que posiblemente llevaría tiempo allí pero que acababa de descubrir. Un pequeño globo de color verde descansaba en el techo. No comprendía como había llegado eso ahí. Se levantó y mirando al techo, lo agarró con dos dedos. Al bajarlo, en milésimas de segundos ocurrió algo.

-¿Quieres un globito? -dijo serio el payaso y le asestó varias puñaladas en el estomago.
El chico agonizaba escuchando al otro lado de la puerta los gemidos de su perra queriendo entrar.

Las risas del payaso emitieron un sonido satisfactorio. El chico, se desangraba y su última visión era el techo, apenas podía moverse. A su última visión se le sumó el payaso, que se asomó hacia él para decir con seriedad: -Globos...

Se despertó con la frente empapada en sudor. Había tenido una pesadilla a causa del payaso que le había intentado ¿matar? Hacía unas horas atrás.
Se levantó a por un Catbrel y una cerveza. Encendió la televisión y vio que habían interrumpido la emisión de la película por una noticia de última hora.

-La fiebre de los payasos ha llegado a España. Según fuentes policiales, los últimos avistamientos han sido en Cuenca, Albacete y Zaragoza. La policía multará con dos mil euros a quién se enfunde el traje de payaso y aterrorice a la población por causas de broma.

Apagó la tele. Había sido víctima de la broma de algún chalado.
Se asomó al balcón que daba a la calle para no dejar el olor a tabaco dentro de su casa. Apoyó los brazos en la barandilla y allí, de pie y con su grupo de globos, se encontraba observando con su risa macabra. -Coge un globito -dijo simpático.
Despertó a sus padres para contarles lo sucedido. Lily volvía a ladrar con rabia.
-No hagas caso, será un loco que quiere llamar la atención. -dijo su padre- ¡¡shhh!! calla Lily -le gritó-

-Pero está ahí, mirando.

El padre se levantó y se asomó al balcón, pero allí no había nadie.
-Ahí abajo no hay nadie -se frotó la frente- ¿te encuentras bien?
Antes de que pudiese responder, tres golpes retumbaron en la puerta.
Su padre se dirigió a la mirilla. Allí de pie, con la mano que sostenía el cuchillo, saludaba amablemente.

-Está aquí -dijo su padre frío.

-Voy a llamar a la policía -dijo el dueño de Lily asustado.

-No, deja, me encargo yo.

Abrió la puerta y antes de que pudiese amenazarle, el cuchillo se hundió en el estómago en repetidas ocasiones. El padre cayó al suelo atrancando la puerta de entrada. El chico huyó al cuarto de su hermana, la cogió despertándola de malas maneras y se la llevó a rastras a la habitación de sus padres.

-¿Se puede saber que haces? -dijo su hermana.

Se encerraron los tres en la habitación de sus padres. Arrastró la cómoda sobre la puerta, pero ésta solo taba la parte de abajo.

-¿Qué pasa? ¿y este jaleo? -dijo su madre frotándose los ojos.

-Mamá por favor, hazme caso, coge el puto teléfono y llamemos a la policía.

-¿Pero que pasa?

Sin hacer caso, llamó a la policía.

-¿Estás tonto? Dinos que pasa. -la perra ladraba y hacía la situación más tensa.

-Un señor vestido de payaso ha entrado en casa y ha matado a mi padre, por favor vengan cuanto antes, Antonio machado número 16, segundo derecha. -colgó nervioso.

-Dime que es una broma de tu padre y tuya. -dijo su madre asustada.
El tipo que había entrado en su casa parecía disfrutar al interrumpirle. Esta vez fue con un hacha destrozando la puerta. Todos gritaron.

Pasados unos minutos, la policía había llegado al domicilio familiar. Al principio creían que se trataba de una broma en la víspera de Halloween, pero al ver al padre del chico ensangrentado, se dieron cuenta de que no.

-Pide refuerzos, es posible que tengamos que utilizar el arma. -echó mano a su cinturón y a la funda de la pistola. La empuñó y avanzó dentro, bordeando el cadáver del padre.
Inspeccionaron la casa y no encontraron nada raro, salvo los cuatro cadáveres de la familia.


Cuando se llevaron los cuerpos, un agente informó de la escapada de de un interno en el sanatorio mental del pueblo. Un tipo al que le encantaban los payasos y decía ser uno enviado para hacer divertir a la gente. Pasaron varios días, y el pueblo se conmocionó por la muerte de aquella familia. Se armó un dispositivo policial para encontrar al sujeto, pero nadie dio con él. Únicamente hubo una llamada a una anciana en la que aseguraba que alguien le había ofrecido un globito. 

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