Se acercaba la hora de comer,
pero todavía le quedaba por delante más de media de trabajo.
Si aceleraba un poco más, podría salir cinco minutos antes.
Su alegría era notable al ver
que tenía por delante un estupendo fin de semana. No había tenido
tiempo para quedar con sus amigos, pero después de comer se pondría
en contacto con ellos para un sábado de fiesta.
Como si llevase días sin
comer, devoró el filete con patatas que su madre le había
preparado. Al acabar, marcó con alegre prisa el número de teléfono
de su amigo.
-Lo siento tío, no sabía
nada. Un abrazo enorme, ya nos veremos.
Colgó el teléfono
desilusionado.
-¿Qué pasa hijo?
-Nada. La abuela de Alonso ha
muerto esta mañana.
-Oh, vaya. Lo siento cariño.
Pensó unos minutos y marcó
otro número.
-¿En serio? No, no me enfado,
bueno sí, pero con la situación. Ya podríais haber avisado. Vale,
sí. Anda, pasadlo bien, ya nos veremos.
-¿Nada? -colgó.
-Nada. El primer sábado que
tengo libre en dos meses y todos tienen plan.
-Bueno, todos no hijo. Tu no.
-Muy graciosa mamá. -lanzó
el teléfono al sofá y se sentó de brazos cruzados en la silla para
ver si se le ocurría una idea mejor.
Se frotó la nariz y una idea
parecía haber aflorado. De nuevo marcó el teléfono.
-Vale, sí claro. Venga, luego
os digo algo, adiós. -colgó.
-Al final tienes plan, ¿eh
hijo? -dijo guiñando un ojo.
-Sí, pero el plan que tienen
de ponerse a beber en un parque, pues no. para eso me quedo en casa.
-Bueno, mejor así, más
recogido.
Pasó la tarde muy tranquila.
Después de comer se dio una ducha, que a juzgar por el olor de la
jornada laboral le hacía mucha falta, y después
se echó una siesta de más de dos horas. A las ocho de la tarde se
bajó a comprar un paquete de tabaco mientras paseaba a su
perra, Lily. Antes de subir a su casa, alargó por unos minutos más
su paseo para fumarse unos de los cigarrillos Catbrel.
Subió a su casa y cenó con
sus padres, después se fue a su habitación para ver de qué manera
pasaba la noche.
Estuvo un rato escuchando
música y la paró para echarse un cigarro. Se dio cuenta que su
madre no toleraba el tabaco, por lo que se lo guardó de nuevo. Le
apetecía ver alguno de los documentales conspiranoicos que tanto le
gustaban, pero decidió buscar relatos de terror.
“-Fue
muy sonado en la época. Algo demasiado sangriento ocurrió en los
años 90. Ocurrió en este mismo instituto una mañana de un nublado
viernes 13 de marzo.
Yo
lo llamo la masacre de Coval de la sierra, aunque popularmente se
conoce como “la leyenda de Wes wan”.
Wes
wan era un chaval normal, americano y de descendencia japonesa que
vino a España con sus padres para vivir una nueva vida. Era un chico
alto, muy delgado y con unas gafas de color rojo que siempre se
ajustaba con el dedo índice...”
No
le convencía mucho lo que estaba leyendo y cerró la página.
-Vaya
mierdas escribe la gente -se dijo a sí mismo mientras seguía
buscando relatos en el blog que había encontrado.
Estuvo
media hora más leyendo relatos que no le enganchaban. Pensó en que
le apetecía. Observó su estantería llena de libros (la mayoría de
Stephen King) pero no le apetecía leer en ese momento. Se dirigió
a la habitación de su hermana, que era la mayor cinéfila de la
casa.
-¿Qué
haces aquí?
-Vengo
a cogerte alguna película de terror.
-Pilla
la que quieras y lárgate, estoy ocupada.
-Qué
humor... -dijo mientras observaba de arriba a abajo la estantería.
La
semana próxima era Halloween y creía conveniente ya que no iba a
salir, ponerse una película de terror. Salió del dormitorio de su
hermana con cuatro películas distintas.
Metió
el Deuvedé en el reproductor y se acomodó en la cama.
La
banda sonora que presentaba Halloween, le indicó que no quería ver
esa. Hacía poco tiempo que la había visto por lo que se levantó y
la cambió.
El
grito aterrador del inicio de Scream, le indicó que tampoco era el
momento. Se dio cuenta que se pusiera la que se pusiese, no iba a
querer verla.
Abrió
la puerta de su habitación y emitió un leve silbido. Su perra no
tardó en acudir a la llamada mientras meneaba el rabo a toda
velocidad.
-¿Qué
pasa Lily? -decía en tono infantil mientras la acariciaba- ¿nos
vamos a la calle? -La perra se dirigió a toda velocidad hacia el
cajón dónde tenían su correa. Se la puso y se fue a la puerta.
Pensó antes en el paquete de tabaco, se lo guardó en el bolsillo y
se fue.
Las
nubes anaranjadas dejaban entrever la tormenta que caería unas horas
más tarde. Al llegar a las afueras del pueblo, se dio cuenta de que
sus pensamientos le habían llevado lejos de casa sin siquiera darse
cuenta. Ahora se encontraba en un enorme campo abandonado. Lily,
correteaba con una piña reseca en la boca mientras daba muestras de
la alegría que le daba salir de noche.
Avanzó
por el campo completamente oscuro, y siguió hasta un recinto
abierto, pero privado. Nada ni nadie interrumpía el silencio. Ni un
solo coche, ni una sola persona, para ser un sábado de madrugada era
raro que no hubiese nadie con botellas de alcohol y vasos de tubo en
la mano.
Unos
metros por delante, Lily comenzó a ladrar con rabia, como nunca lo
había hecho. Asustado, corrió para ver que sucedía. Una lluvia
fina caía con prisa, al mismo tiempo que dos de las farolas
parpadeaban en un debate sobre si fundirse o no. Normalmente, a Lily
no le gustaba mojarse y cada vez que llovía, salía corriendo, pero
no esta vez. Sorprendido, llegó para coger a su perra que continuaba
con sus ladridos.
-¡Llily
para! Para, no son horas -decía mientras la sujetaba e intentaba
ponerle la correa.
La
perra, persistía en su cruzada por avisar a su dueño.
No se dio cuenta, pero al
girar la cabeza, un escalofrío recorrió su espalda. Bajo el cielo
anaranjado y la lluvia fina que cada vez caía con más fuerza, un
hombre vestido de payaso sujetaba en una mano un grupo de globos de
colores y en la otra, un cuchillo de muchos centímetros,
ensangrentado. Le sonreía de una manera un tanto siniestra.
No se esperaba esa visión.
Miró durante unos segundos a aquel hombre vestido de payaso y avanzó
por la acera con su perra ladrando.
-Vamos Lily.
Tiró la mitad del cigarro que
estaba fumando y su paso aceleró notablemente.
El payaso, le seguía a un
paso menos ligero, pero constante, emitiendo una melodía infantil,
que dadas las circunstancias era una situación muy macabra.
Avanzaba deprisa por la acera.
El payaso le hizo una pregunta que le descolocó.
-¿Quieres un globito?
No respondió. Simplemente
avanzó.
Se giró para ver si aún le
seguía, y no solo vio que sí, sino que el hombre vestido de payaso,
además de seguir con la melodía infantil, comenzó a dar unos
saltos que formaban un baile muy extraño.
Soltó una gran carcajada que
hizo al chico dar un pequeño sobresalto.
-¡¡Coge el globito!! -gritó
el payaso.
Cogió a su perra en brazos y
huyó corriendo lo más deprisa que pudo. El animal continuaba
ladrando y moviéndose, lo que hacía más complicado llevar a su
perra en brazos.
En uno de los bordillos que
daban paso al descampado, tropezó y cayó encima de Lily. La recogió
de nuevo a toda velocidad para huir, pero cuando se dio la vuelta
para marcharse, se encontró de frente con el payaso, que se
inclinaba hacia él con una sonrisa que se esfumaba por momentos para
dar paso a un rostro serio, que se endurecía aún más con el
maquillaje blanco y raya negra en medio que tenía pintado en la
boca.
-¿Quieres un globito?
-ofreció.
El chico no respondió. No
supo que decir. Lily se abalanzó a morder la pierna. Forcejeaba con
el animal, lo que dio tiempo al chico a levantarse y huir. Cuando le
sacaba unos metros de distancia, llamó a su perra: -¡Lily ven,
corre!
El payaso levantó el cuchillo
ensangrentado para hundirlo en el animal, pero ésta, huyó a toda
velocidad con su dueño. Al trote, la perra saltó a los brazos de su
dueño, la cogió y huyeron. El payaso corría a toda velocidad
detrás de ellos sin soltar los globos.
-¡¡Coge un globito!! -gritó.
Lily y su dueño, sin mirar
atrás, avanzaron hasta llegar a una avenida repleta de luz y gente.
Cuando se dio cuenta, ya no le perseguía ningún payaso. Su corazón
latía con tanta fuerza que llegaba a doler.
Antes de llegar a su portal,
se encendió un Catbrel con la mano temblorosa. No sabía si se
trataba de una broma o era real, pero nunca había sufrido un susto
como el de hacía minutos atrás.
Aplastó la colilla con el
talón y metió las llaves en la cerradura. Subió a su casa y al
llegar a su habitación se tumbó con el gesto frío, pálido. No
paraba de darle vueltas a lo sucedido, entre pensamientos su
conciencia se desvaneció a un sueño profundo.
Al despertar de aquella
auténtica pesadilla, se levantó y se encendió otro Catbrel, sin
importarle lo que su madre le diría. Su dolor de cabeza era muy
notable y le daba igual todo. Dio una calada y se tumbó mirando al
techo. Soltó el humo y se fijó en algo que posiblemente llevaría
tiempo allí pero que acababa de descubrir. Un pequeño globo de
color verde descansaba en el techo. No comprendía como había
llegado eso ahí. Se levantó y mirando al techo, lo agarró con dos
dedos. Al bajarlo, en milésimas de segundos ocurrió algo.
-¿Quieres un globito? -dijo
serio el payaso y le asestó varias puñaladas en el estomago.
El chico agonizaba escuchando
al otro lado de la puerta los gemidos de su perra queriendo entrar.
Las risas del payaso emitieron
un sonido satisfactorio. El chico, se desangraba y su última visión
era el techo, apenas podía moverse. A su última visión se le sumó
el payaso, que se asomó hacia él para decir con seriedad:
-Globos...
Se despertó con la frente
empapada en sudor. Había tenido una pesadilla a causa del payaso que
le había intentado ¿matar? Hacía unas horas atrás.
Se levantó a por un Catbrel y
una cerveza. Encendió la televisión y vio que habían interrumpido
la emisión de la película por una noticia de última hora.
-La fiebre de los payasos ha
llegado a España. Según fuentes policiales, los últimos
avistamientos han sido en Cuenca, Albacete y Zaragoza. La policía
multará con dos mil euros a quién se enfunde el traje de payaso y
aterrorice a la población por causas de broma.
Apagó la tele. Había sido
víctima de la broma de algún chalado.
Se asomó al balcón que daba
a la calle para no dejar el olor a tabaco dentro de su casa. Apoyó
los brazos en la barandilla y allí, de pie y con su grupo de globos,
se encontraba observando con su risa macabra. -Coge un globito -dijo
simpático.
Despertó a sus padres para
contarles lo sucedido. Lily volvía a ladrar con rabia.
-No hagas caso, será un loco
que quiere llamar la atención. -dijo su padre- ¡¡shhh!! calla
Lily -le gritó-
-Pero está ahí, mirando.
El padre se levantó y se
asomó al balcón, pero allí no había nadie.
-Ahí abajo no hay nadie -se
frotó la frente- ¿te encuentras bien?
Antes de que pudiese
responder, tres golpes retumbaron en la puerta.
Su padre se dirigió a la
mirilla. Allí de pie, con la mano que sostenía el cuchillo,
saludaba amablemente.
-Está aquí -dijo su padre
frío.
-Voy a llamar a la policía
-dijo el dueño de Lily asustado.
-No, deja, me encargo yo.
Abrió la puerta y antes de
que pudiese amenazarle, el cuchillo se hundió en el estómago en
repetidas ocasiones. El padre cayó al suelo atrancando la puerta de
entrada. El chico huyó al cuarto de su hermana, la cogió
despertándola de malas maneras y se la llevó a rastras a la
habitación de sus padres.
-¿Se puede saber que haces?
-dijo su hermana.
Se encerraron los tres en la
habitación de sus padres. Arrastró la cómoda sobre la puerta, pero
ésta solo taba la parte de abajo.
-¿Qué pasa? ¿y este jaleo?
-dijo su madre frotándose los ojos.
-Mamá por favor, hazme caso,
coge el puto teléfono y llamemos a la policía.
-¿Pero que pasa?
Sin hacer caso, llamó a la
policía.
-¿Estás tonto? Dinos que
pasa. -la perra ladraba y hacía la situación más tensa.
-Un señor vestido de payaso
ha entrado en casa y ha matado a mi padre, por favor vengan cuanto
antes, Antonio machado número 16, segundo derecha. -colgó nervioso.
-Dime que es una broma de tu
padre y tuya. -dijo su madre asustada.
El tipo que había entrado en
su casa parecía disfrutar al interrumpirle. Esta vez fue con un
hacha destrozando la puerta. Todos gritaron.
Pasados unos minutos, la
policía había llegado al domicilio familiar. Al principio creían
que se trataba de una broma en la víspera de Halloween, pero al ver
al padre del chico ensangrentado, se dieron cuenta de que no.
-Pide refuerzos, es posible
que tengamos que utilizar el arma. -echó mano a su cinturón y a la
funda de la pistola. La empuñó y avanzó dentro, bordeando el
cadáver del padre.
Inspeccionaron la casa y no
encontraron nada raro, salvo los cuatro cadáveres de la familia.
Cuando se llevaron los
cuerpos, un agente informó de la escapada de de un interno en el
sanatorio mental del pueblo. Un tipo al que le encantaban los payasos
y decía ser uno enviado para hacer divertir a la gente. Pasaron
varios días, y el pueblo se conmocionó por la muerte de aquella
familia. Se armó un dispositivo policial para encontrar al sujeto,
pero nadie dio con él. Únicamente hubo una llamada a una anciana en
la que aseguraba que alguien le había ofrecido un globito.
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